4 sept 2016

Pedro Páramo: fantasmagoría a la mexicana

"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo..."
Juan Preciado mira Comala a través de los ojos de la madre muerta y es probable que también sea movido por sus motivaciones, las cuales caen en el cliché de toda película de fantasmas: la venganza y el odio. Aquellos sentimientos que impiden la tranquilidad del alma y la atan al mundo terrenal se vuelven el pretexto del viaje; no obstante, más allá de la motivación impuesta, él emprende la búsqueda, no de su padre, sino de su pasado histórico, es decir, de sus orígenes, y por tanto, de su identidad.
El viaje hacia estos descubrimientos empieza en medio de un sendero caluroso, lleno de aromas pútridos, enrevesado, como la selva oscura de Dante, donde Juan Preciado se encuentra con Abundio, el arriero, quien lo guía hacia la bandada de cuervos que se abre paso por el cielo sólo para desnudar el camino descendente, cada vez más caliente, que lleva a Comala. Su conversación, en medio de un aire podrido, bajo un ambiente sofocante, justo después de una escena de muerte, deja en la boca del lector un sabor de inquietud que continuará entre más se acerque al pueblo, pues, con cada paso hacia abajo, Juan Preciado sigue el mismo viaje que Ulises por el Aqueronte, de tal forma que, tanto el lector como el protagonista, son arrastrados en una corriente sutil hasta dar con la primera revelación: Pedro Páramo está muerto, en Comala no hay nadie, pero sigue habitada como en aquellos tiempos.

Sobre el texto se trazan las primeras líneas de un pueblo fantasma, de un Hades cuya atmósfera y escenario se recrean a partir de descripciones breves y precisas: las paredes descarapeladas, los techos caídos, el polvo en las calles; todo destila un olor y un sonido, una sombra y un palpitar que guía a la puerta entreabierta de doña Eduviges, el umbral al pasado donde la historia da comienzo, pues con la aparición de los primeros muertos, todo se vuelve caótico. Desde el tiempo hasta la linealidad de narración y la continuidad de una voz narrativa, todo en Pedro Páramo se rompe para encarnar Comala, un pueblo que, sin tiempo, es puro espacio habitado por múltiples voces; un recinto de ambivalencias donde vivos y muertos pueden comunicarse porque el límite entre la vida y la muerte se desvanece; es el hogar de la ilusión y la desilusión, de la creación y la destrucción, y, como buena dualidad, el pueblo se desdobla en un gemelo benévolo y otro malvado.
 en ella Juan Preciado busca su identidad, Pedro Páramo se hace del poder máximo para recuperar a Susana y ésta regresa en busca de refugio; el segundo es el pueblo infernal que quedó destruido tras la muerte del padre de Preciado, la cárcel de todas las historias y todas las violencias, el recuerdo que palpita en la mente de los muertos y que los ata. La interacción entre ambas versiones es la que desencadena los verdaderos horrores de la novela, cuyo nudo comienza a insinuarse entre las gritas de la realidad y el recuerdo, del presente y el pasado, porque ambos son tierra de fantasmas.
El primero es la Comala de en sueño, aquella que es alimentada y sostenida gracias al recuerdo de los difuntos, en ella todo es perfecto, es la tierra de las oportunidades a la que se llega en busca de soluciones y respuestas,
Los de Juan Preciado son reales, son espíritus que, atrapados en la tierra, arrastran su historia; ellos conforman el elemento base de lo sobrenatural, y su función es, como la de cualquier fantasma, enganchar el ahora a un antes que busca ser comprendido. Sólo mediante ellos, y después del encuentro, Preciado tiene la oportunidad de escuchar fragmentos de las historias de Comala, de tal forma que los fantasmas “reales” se convierten en el portal hacia el pasado, a la verdad tras la muerte del pueblo, donde el protagonista se ve envuelto en una caída en abismo en la que pasa, continuamente, y de muerto en muerto, de la ilusión de la vida —el encuentro con una persona que toma por viva, por ejemplo, Eduviges— al enfrentamiento con el hecho de la muerte—“Pobre Eduviges, debe de estar penando todavía”— y de ahí a su aceptación —“¿No están ustedes muertos?”—, hasta que, finalmente, Juan Preciado cae en el último escalón de la caída: su propia muerte; es entonces cuando los fantasmas “reales” se desvanecen y Pedro Páramo deja de ser una historia de fantasmas tradicional, pues ya no es contada desde la vida sino desde el reino de los muertos.

Con el deceso del hijo de Dolores se abre la puerta para otro tipo de fantasmas: los metafóricos que viven dentro del pasado fragmentado del pueblo; esos que enclaustran todos las culpas, los resentimientos y los recuerdos; aquellos que conforman el verdadero infierno y los verdaderos monstruos, pues, a diferencia de los reales con los que se encuentra Preciado, estos se construyen continuamente en un tormento ininterrumpido que retumba en la memoria de todos los habitantes de Comala. Al entrar en este nivel de la historia, el lector se enfrenta con la inquietud central de la novela, el cual no está en el terror ocasionado por un puñado de espíritus en pena sino en los fantasmas que constituyen un trauma histórico no exclusivo del pueblo y sus habitantes, sino que conforma parte de la mentalidad de México: la historia del poder es una obsesión que no nos deja en paz, por eso los escritores mexicanos tienden a la creación de una literatura de lo político en donde la corrupción, la venganza, los abusos y la muerte son el eje temático; sin embargo, estos últimos no son ni han sido temas puramente mexicanos, pues en todos lados anda la política con su séquito de violencia. Juan Rulfo no hizo más que mexicanizarla al hacer de Comala el Infierno, de Pedro Páramo el diablo y, al final, movilizarlo todo bajo el telón de la revolución, por lo que la historia se vuelve más aterrizada, más real, pues revela un pueblo que sufre, gracias a las atrocidadesde Pedro Páramo, sucumbe ante la historia del poder, que, bajo todas sus luces, se vuelve la del fracaso: si bien es cierto que los que llegan al poder tienen ideales, y los que están a merced de sus consecuencias, ilusiones; también es cierto que, al contacto con el trono, todos aquéllos ideales quedan degradados y que, ante todas esas expectativas traicionadas, el pueblo entra en duelo, pues se enfrenta a la imposibilidad de alcanzar la utopía, la felicidad, la tierra prometida. Justo ahí donde surge lo horrorífico: la Comala ideal no fue más que un invento; como afirma el estudioso José Carlos González, en ella “(…)la esperanza de los personajes terminó por convertirse en desesperanza, cuyo reflejo se muestra en ese pueblo presentado como un mundo acabado, sin futuro”. Dolores, Susana, Páramo, Dorotea, Preciado, todos llegan a buscar algo que no encuentran: plenitud. La tranquilidad está vedada, y por tanto, las almas están condenadas desde la vida haciendo de Pedro Páramo una búsqueda y una negación al jardín del Edén: la paz está prohibida para nosotros y nos volvemos nuestro propio fantasma al sucumbir a nuestro miedo fundamental, quedarnos atorados en la vida sin encontrar descanso.
Todos vivimos en una totalidad desdoblada en contrarios: vida y muerte es, sin duda, uno de los más recurrentes. Lamentablemente, ya no vivimos los tiempos prehispánicos en el que el mundo de los muertos era una continuación de la existencia terrenal, hoy en día nuestra vida, como diría Borges, no es sino una muerte que viene. Estamos más allá del placer y del miedo a morir, la era moderna, con todos sus avances y los horrores que se han desencadenado a partir de ellos, parece dotarnos de una indiferencia aparente. En Pedro Páramo esta indiferencia existe en Juan Preciado en tanto éste está encerrado en una negación que es, incluso, necesaria para su construcción: Juan Preciado no tiene un origen y necesita de los muertos para ser creado; de repente, los vivos son poseídos por los muertos, pues estos habitan la memoria, sus emociones, su pasado, conformando así la identidad. “La criatura (…) debe abrirse a la muerte si quiere abrirse a la vida”, afirma Octavio Paz, lo cual es cierto en la medida en que, para concretarnos, necesitamos de los muertos que nos hacen así como la proyección de los muertos que seremos.
En la novela Juan preciado se crea gracias a que sus raíces fueron desempolvadas y Comala, junto con todos sus habitantes, logra recrearse gracias al hecho de transmitirse; en la novela de Rulfo, como en México, no pasa lo que en tantos relatos europeos, aquí los fantasmas no se repelen, los muertos no se niegan, y por tanto, no están sumidos en la inexistencia, al contrario, vivos y muertos se miran a los ojos para reconocerse como iguales, por tanto, se establece un vínculo dialogal que nos permite obtener las respuestas que buscamos. Los fantasmas en México no son los fantasmas usuales, ellos salen victoriosos en su afán de trascendencia y son guías de los vivos en su camino hacia la verdad que está más allá de lo evidente.

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