![]() |
| "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo..." |
Juan
Preciado mira Comala a
través
de los ojos de la madre muerta y es
probable que
también sea
movido por sus motivaciones, las cuales caen en el cliché de toda
película de fantasmas: la venganza y el odio. Aquellos
sentimientos que impiden la tranquilidad del alma y la atan al mundo
terrenal se vuelven el pretexto del viaje; no
obstante, más
allá de la
motivación impuesta, él
emprende la
búsqueda, no de su padre, sino de su pasado histórico, es decir, de
sus orígenes, y por tanto, de su identidad.
El
viaje hacia estos descubrimientos empieza en medio
de un sendero caluroso,
lleno de aromas pútridos, enrevesado, como la selva oscura de Dante,
donde Juan Preciado
se encuentra
con Abundio, el arriero, quien lo guía
hacia la bandada de cuervos que se abre paso por el cielo sólo para
desnudar el camino descendente, cada vez más caliente, que lleva a
Comala. Su
conversación, en medio de un aire podrido, bajo un ambiente
sofocante, justo después de una escena de muerte, deja en la boca
del
lector un
sabor de inquietud que continuará entre más se acerque al pueblo,
pues, con cada paso hacia abajo, Juan Preciado sigue el mismo viaje
que Ulises por el Aqueronte, de tal forma que, tanto el lector como
el protagonista, son arrastrados en una corriente sutil hasta dar con
la primera revelación: Pedro Páramo está muerto, en Comala no hay
nadie, pero
sigue habitada como en aquellos tiempos.
Sobre
el texto se trazan las primeras líneas de un
pueblo fantasma, de
un
Hades cuya
atmósfera y escenario se
recrean
a partir de descripciones breves y precisas: las
paredes descarapeladas, los techos caídos, el polvo en las calles;
todo destila un olor y un sonido, una sombra y un palpitar que guía
a la puerta entreabierta de doña Eduviges, el
umbral
al pasado donde la historia da comienzo,
pues con
la aparición de los primeros muertos, todo se vuelve caótico.
Desde el tiempo hasta la linealidad de narración y la continuidad de
una voz narrativa, todo en Pedro
Páramo
se
rompe
para encarnar Comala, un pueblo que, sin tiempo, es puro espacio
habitado por múltiples voces; un
recinto de ambivalencias donde vivos
y muertos pueden comunicarse porque el límite entre
la vida y la muerte se desvanece; es el hogar de la ilusión y la
desilusión, de la creación y la destrucción, y, como buena
dualidad, el
pueblo
se desdobla en un gemelo
benévolo
y otro malvado.
Los
de Juan Preciado
son
reales, son espíritus
que, atrapados en la tierra, arrastran su historia; ellos conforman
el elemento base de lo sobrenatural, y
su
función es, como la de cualquier fantasma, enganchar el ahora a un
antes que busca ser comprendido. Sólo
mediante ellos, y después del encuentro, Preciado tiene la
oportunidad de escuchar fragmentos de las historias de Comala, de
tal forma que
los fantasmas “reales” se convierten
en el
portal hacia el pasado, a la verdad tras la muerte del pueblo, donde
el protagonista se ve envuelto en una caída en abismo en la que
pasa, continuamente, y de muerto en muerto, de la ilusión de la vida
—el encuentro con una persona que toma por viva, por ejemplo,
Eduviges— al enfrentamiento con el hecho de la muerte—“Pobre
Eduviges, debe de estar penando todavía”— y de ahí a su
aceptación
—“¿No están ustedes muertos?”—, hasta
que, finalmente, Juan
Preciado cae
en el último escalón de la
caída: su propia muerte; es
entonces cuando
los fantasmas “reales” se desvanecen y
Pedro
Páramo
deja de ser una historia de fantasmas tradicional, pues ya
no es contada desde la vida sino desde el
reino de los muertos.
Con
el deceso del hijo de Dolores se abre la puerta para otro tipo de
fantasmas: los metafóricos que viven dentro del pasado fragmentado
del pueblo; esos que enclaustran todos las culpas, los resentimientos
y los recuerdos; aquellos que conforman el verdadero infierno y los
verdaderos monstruos, pues, a diferencia de los reales con los que se
encuentra Preciado, estos se
construyen
continuamente
en un
tormento ininterrumpido que retumba en la memoria de todos los
habitantes de Comala. Al entrar en
este
nivel de la historia, el lector se enfrenta con la inquietud central
de la novela, el cual no está en el terror ocasionado por un puñado
de espíritus en pena sino en los fantasmas que constituyen un trauma
histórico no exclusivo del pueblo y sus habitantes, sino que
conforma parte
de la mentalidad de México: la historia del poder es una obsesión
que no nos deja en paz, por eso los escritores mexicanos tienden a la
creación de una literatura de lo político en donde la corrupción,
la venganza, los abusos y la muerte son el eje temático; sin
embargo, estos últimos no son ni han sido temas puramente mexicanos,
pues
en
todos lados anda la política con su séquito de violencia.
Juan Rulfo no hizo más que mexicanizarla al hacer de Comala el
Infierno, de Pedro Páramo el diablo y, al final, movilizarlo todo
bajo el telón de la revolución, por
lo que la
historia se
vuelve más
aterrizada, más real, pues
revela
un
pueblo
que sufre, gracias a las atrocidadesde Pedro Páramo, sucumbe ante la
historia del poder, que,
bajo todas sus luces, se
vuelve la
del fracaso: si
bien es cierto que los que llegan al
poder tienen ideales,
y los que están a merced de sus consecuencias, ilusiones;
también es
cierto
que,
al
contacto con el trono,
todos aquéllos ideales quedan
degradados
y que,
ante todas esas expectativas traicionadas, el pueblo entra en duelo,
pues se enfrenta a la imposibilidad de alcanzar la utopía, la
felicidad, la tierra prometida. Justo
ahí donde surge lo horrorífico: la Comala ideal no fue más que un
invento; como
afirma el estudioso José Carlos González,
en
ella “(…)la
esperanza de los personajes terminó por convertirse en desesperanza,
cuyo reflejo se muestra en ese pueblo presentado como un mundo
acabado, sin futuro”.
Dolores, Susana, Páramo, Dorotea, Preciado, todos llegan a buscar
algo que no encuentran: plenitud. La tranquilidad está vedada, y por
tanto, las almas están condenadas desde la vida haciendo de Pedro
Páramo
una búsqueda y una negación al jardín del Edén: la paz está
prohibida para nosotros y nos volvemos nuestro propio fantasma al
sucumbir a nuestro miedo fundamental, quedarnos atorados en la vida
sin encontrar descanso.
Todos
vivimos en una totalidad desdoblada en contrarios: vida y muerte es,
sin duda, uno de los más recurrentes. Lamentablemente, ya no vivimos
los tiempos prehispánicos en el que el mundo de los muertos era una
continuación de la existencia terrenal, hoy en día nuestra vida,
como diría Borges, no es sino una muerte que viene. Estamos más
allá del placer y del miedo a morir, la era moderna, con todos sus
avances y los horrores que se han desencadenado a partir de ellos,
parece dotarnos de una indiferencia aparente. En Pedro
Páramo
esta indiferencia existe en Juan Preciado en tanto éste está
encerrado en una negación que es, incluso, necesaria para su
construcción: Juan Preciado no tiene un origen y necesita de los
muertos para ser creado; de repente, los vivos son poseídos por los
muertos, pues estos habitan la memoria, sus emociones, su pasado,
conformando así la identidad. “La criatura (…) debe abrirse a
la muerte si quiere abrirse a la vida”, afirma Octavio Paz, lo cual
es cierto en la medida en que, para concretarnos, necesitamos de los
muertos que nos hacen así como la proyección de los muertos que
seremos.
En
la novela Juan preciado se crea gracias a que sus raíces fueron
desempolvadas y Comala, junto con todos sus habitantes, logra
recrearse gracias al hecho de transmitirse; en la novela de Rulfo,
como en México, no pasa lo que en tantos relatos europeos, aquí los
fantasmas no se repelen, los muertos no se niegan, y por tanto, no
están sumidos en la inexistencia, al contrario, vivos y muertos se
miran a los ojos para reconocerse como iguales, por tanto, se
establece un vínculo dialogal que nos permite obtener las respuestas
que buscamos. Los fantasmas en México no son los fantasmas usuales,
ellos salen victoriosos en su afán de trascendencia y son guías de
los vivos en su camino hacia la verdad que está más allá de lo
evidente.



No hay comentarios:
Publicar un comentario