
I.
Lo vi y me enamoré. A través del ojo transparente de la ventana solía contemplarlo frente al escritorio. El cabello le llovía sobre el rostro en una cortina ennegrecida, la cual, con el propósito de exhibir la fina perfección de los rasgos que se perdían absortos entre las páginas de un viejo libro, era arrastrada hacia el dorso del cráneo por una quinteta de dedos alargados.
Era el diáfano suspiro de la muerte materializado en una piel vestida con los ropajes de un luto perpetuo. Y sus ojos, sus ojos que parecían haber sido forjados por la tierra que exhalan los cadáveres al morir, reflejaban la nada absoluta, la paz absoluta que se revuelca bajo los pies de una lápida. La perfección efímera de los muertos se sentaba al otro lado del cristal dependiendo del oxígeno que entraba a sus pulmones y, al igual que los muertos, se descompondría hasta rozar una podredumbre irreversible, sería víctima del tiempo, los segundos le arrebatarían su virtud devolviéndolo a la misma tierra que lo había escupido a la vida. Por supuesto yo, títere del insistente galope de mi sangre, no podía sino detener el necio paso de las manecillas.
La dificultad residía en evitar cualquier clase de daño irreparable, es decir, cualquier mueca de dolor que pudiera alterar la tranquilidad de sus facciones. No podía, por tanto, acudir a la violencia ni a venenos que lo sometieran a una muerte agónica. Ésta tenía que pasar desapercibida, mantenerlo ignorante del fin por medio de métodos rápidos y discretos.
Durante días me enclaustré en la biblioteca. Hurgué cada una de las frases aglomeradas a lo largo de las páginas, las escudriñé buscando una forma instantánea e indolora que me permitiera conservarlo. Sentía los dedos gastados por el continuo pasar de las hojas, pero al notar lo inservible de mi labor cerré el libro de golpe, lo arrojé contra la pared mientras reprochaba mi ineptitud, y justo cuando estuve a punto de renunciar miré por la ventana: del otro lado las luces se encendían y él entraba caminando con la elegancia de la noche. Colocaba su chamarra negra en el respaldo de la silla y de la bolsa sacaba el cigarro que se llevaría a la boca. Al encenderlo corría la puerta de cristal para recargarse sobre el balcón. Yo, con las pupilas devorándose el resto de mis ojos, contemplaba sus cabellos flotando como una procesión de plumas negras y su rostro, su rostro... él ni siquiera había exhalado la primera bocanada de humo cuando yo ya había regresado a las páginas del libro, donde di, por fin, con la respuesta que buscaba: un veneno creado a partir de polvos caseros que, sin provocar ninguna clase de dolor, mataba al instante.
Mezclé cada uno de los ingredientes mencionados. El resultado fue una pasta verdosa que se hacía transparente al embarrarlo sobre una superficie cualquiera. Cuatro veces la obtuve y cuatro veces falló. Los roedores que utilizaba como conejillos de indias paseaban sobre el veneno sin que ni siquiera les faltase el aire. No fue sino hasta mi quinto intento que obtuve resultados. Por quinta vez unté el veneno sobre la mesilla, de nuevo lo vi pasar del verde a la invisibilidad, por quinta vez solté a la rata y la vi caminar con toda la tranquilidad del mundo. No obstante, por primera vez, la vi morir. Pasaron cinco minutos y la rata no se movía. La muerte la había congelado mientras se preparaba para dar su siguiente paso. No podía sino sonreír, ponerme la chamarra y prepararme para, al igual que el animal, dar mi siguiente paso.
Cuando el despertador sonó a las ocho de la noche, metí en una maleta mi material de trabajo. Me dirigí a su apartamento y después de una sencilla maniobra la puerta se abrió.
Tras el sillón escondí la maleta. De ella saqué el veneno y unos guantes de látex. Me los puse. Caminé al escritorio. En el centro se encontraba el libro que tantas veces se asomó por entre sus dedos. Lo cubrí con la pasta –apenas tardó en desvanecerse–. Miré el reloj: ocho y cuarto. Tenía quince minutos antes de que el veneno perdiera sus efectos.
Salí para dirigirme a mi apartamento. En el trayecto lo vi subir por las escaleras.
—Buenas noches— sus labios se levantaron en telones de carne dejando al descubierto su sonrisa. Sentí que la sangre me explotaba tras la piel.
—Buenas noches.
Al cruzar mi puerta corrí hacia la ventana. Del otro lado sus pies caminaban hasta desaparecer en algún extremo del cuarto. Vi el reloj: ocho veinticinco. No aparecía. Ocho veintisiete y la suela se asomó por la esquina del cristal para andar hasta la silla. Ocho veintiocho. La taza en la mesa. El cigarro en su boca. Una primera calada. Exhala. A las ocho treinta se sentó y abrió el libro.
Me mantuve con los ojos adheridos al cristal. Vi la ceniza ir del cigarro al cenicero mientras sus dedos pasaban las páginas. Después de una última fumada aplastó la colilla contra un cúmulo de cenizas. Le dio un sorbo a la taza. Cerró el libro. Encendió otro cigarro para luego regresar a las páginas amarillentas. Eran cuarto para las nueve cuando el libro, silencioso, se estrelló contra el piso y el cigarro comenzó a consumirse entre sus dedos.
Solté un bostezo: era hora de trabajar.
II.
Lo coloqué sobre la cama. Una a una las prendas se escurrieron del cuerpo que yacía sobre el colchón. Mis ojos se perdieron en la palidez que, como caminos de niebla, se dispersaba a lo largo de sus extremidades. Mis labios descendieron al punto de tocar las lívidas carnes de su beso. No lo hice. Antes de chocar contra la muerte de su boca me incorporé. De la maleta saqué las tijeras: los mechones de cabello caían como hojas secas.
Con el bisturí di el primer corte: de la punta de la cabeza al inicio del glúteo. Luego otro, otro y otro. Todos parecieron brotar como raíces de la hendidura principal. Cuidadosamente, comencé a separar la piel de los hilos de músculo que la retenían, ésta quedó extendida boca abajo sobre el suelo. La limpié y, a fin de matar a esos pequeños verdugos que se encargarían de su descomposición, la restregué con sal hasta que las manos se me gastaron. Al descubrir la ausencia de sus ojos me volví hacia la masa de músculo que quedó sobre la cama.
La fiesta de las moscas se apropió de mis oídos. Caminaban restregándose las patas, pegaban la trompa a los ligamentos. Al escuchar mis pasos volaron o se escondieron entre los pliegues del cuerpo. Me senté sobre el colchón. Extraje los ojos. Los barnice.
El proceso exigía dos horas de reposo.
A las ocho cuarenta y cinco regresé con los costales y, ahí, en la silla donde lo había visto tantas veces, comencé a unirlo como se une el esqueleto de un traje. La aguja atravesó los bordes de la piel hasta reconstruir su belleza fragmentada. A cada parte zurcida le correspondió un relleno. El cuerpo flácido recuperó su volumen. Lo irremplazable quedó sustituido por virutas de aserrín.
Por las cuencas extraje el exceso a fin de abrirle paso a su mirada barnizada. Cuando miré el vestigio de su cabello cercenado me dirigí a la recámara. Recolecté hasta la última hebra y una por una la enraicé en su lugar de origen.
Al terminar, saqué del armario sus ropas habituales. Deslicé sus piernas dentro del pantalón, sus brazos quedaron al abrigo de un par de mangas largas: era la talla perfecta. Una vez vestido, lo senté –como era su costumbre– con el codo izquierdo recargado en la rodilla. Separé sus dedos levemente para filtrar el libro. La mano derecha sostuvo el cigarro y, sólo para completar el cuadro, deslicé los lentes por sus orejas.
Me acuclillé frente al cuerpo. Apenas se notaba la unión entre los pedazos de piel y, realmente, no había diferencia entre aquélla muerte pausada y la que hace unas horas todavía respiraba sobre la silla. Era como mirar al mismo ídolo forjado con el aliento de las nubes moribundas; los mismos rasgos que, finos, fueron esculpidos por las corrientes de aire que iban y venían para agitar las finas ramas de ébano caídas sobre un rostro que, absorto, se perdía en las páginas del mismo viejo libro.
Sobre el respaldo de la silla coloqué la chamarra negra. Miré el reloj: cuarto para las nueve.
¿Lo puedo colgar en el Callejón de la Carne?
ResponderEliminarPero por supuesto :D
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