Al maestro Edgar A. Poe y su amor de poeta
Temía la otra sombra, la amorosa,
las comunes venturas de la gente;
no lo cegó el metal resplandeciente
ni el mármol sepulcral sino la rosa.
—Jorge Luis BORGES
Las velas siguen el ejemplo de tu vida:
se consumen,
se extinguen;
me dejan solo
y a oscuras.
En este bosque de ébano
contemplas las lágrimas que caen de mi rostro en un suelo inexistente
y tu mirada se asfixia entre las sombras.
Porque habitamos el mismo vacío:
tú muriendo al verme loco
y yo enloqueciendo al verte muerta en las manecillas de un reloj adelantado.
Mas sólo puedo mirarte,
hacer de mi llanto una cadena que te obligue a resistir,
que te aleje del fin por una eternidad volcada en un tiempo condenado.
Tratas de darme esperanzas
con una sonrisa que no puedes mantener;
consolarme con una caricia que
parece más el roce de un fantasma.
Pues la Muerte está ahí, a tu lado,
besándote a la fuerza,
haciéndote el amor como los gusanos a un cuerpo enterrado.
Cierras los ojos.
Respiras como los ahorcados
−con parsimonia,
sin sentido−.
Toses.
Escupes fragmentos de tu corazón
junto con la sangre que ya no necesitas.
La Muerte te arrastra por un camino de nubes caídas.
Yo me vuelvo un suplicante;
un eco que te ruega abrir los ojos para ver mis lágrimas;
una mano que te ciega y te impide ver
el reflejo de nuestros cuerpos
enredados en la misma cama en la que ahora estás muriendo.
El viento se convierte en el suspiro de un cadáver.
Todo se congela,
se enfría como río bajo el hielo.
Mi corazón se agrieta.
Tus manos se deslizan cual hojas de otoño sobre tu mortaja.
Mis venas estallan en un graznido de sangre y llanto
y tus dedos cavan surcos de ausencia
en mi alma destazada.
Ahora…
ahora ya no hay nada.
No hay llanto que intente retenerte,
no hay caricias ni palabras desprendidas
en un vano intento de consuelo.
Sólo queda un silencio,
dos pares de manos ajenas que te sacan de esta pradera de sombras
para llevarte a un cielo bajo la tierra.
Sobre tu cama queda la soledad
como un obsequio de la Muerte,
como ese consuelo que ya no puedes darme,
como la luz de una vela extinta
que no ha de apagarse nunca más.
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