26 jun 2011

Condenado



La noche se expande como las fauces abiertas del mundo y los grillos entonan su melodía a la luna, que se pierde en la oscuridad del manto, mientras la tierra impregna el aire con olor a cadáver.
            Romualdo se abraza a la lápida que corona los restos de Aurelia, la mujer que, a punto de caer en el lecho nupcial, le fue arrebatada por el lecho de la muerte.

—Ingrata, he aquí los alcances de tu egoísmo.
Después de ofrendarme por entero a tu presencia,
recibo tu muerte como pago.
¿Cómo te atreves a dejarme prisionero
en un mundo que me mira con ojos lastimeros?
¿Cómo osas emprender la retirada
dejando a Romualdo siendo nada?
Pues el cuerpo y el alma te di Aurelia
y ahora contigo yacen bajo tierra.
Si prefieres los brazos de la eternidad
a los labios de mi pobre humanidad,
entonces arrástrame contigo
al confín de ese mundo frío
donde está la libertad.

            Sus sollozos  hacen eco en el silencio. Por el camposanto se expande, como un suspiro, la cortina de niebla de donde emerge el cuerpo que se abraza a la espada de Romualdo. La melodía de los grillos se detiene y, por entre el ramaje de los árboles, se escabulle el graznido de los cuervos.

—¿Por qué sufres, Romualdo, mi partida
si no es más que el inicio de la vida?
El fin es el misterio que no comprendemos
hasta que estamos abajo con los muertos.
Es ahí donde se encuentra lo eterno,
ahí donde la libertad no es un sueño.

—¡Aurelia! Tú, a quien he llamado ingrata,
has acudido a mi plegaria.
Como un ángel has regresado
de aquel mundo desolado.
No te atrevas a marcharte
sin arrastrarme contigo
a aquel tu universo infinito.

—Cesa pues tus lloriqueos
y en este punto festejemos
el goce de la noche nupcial.

Aurelia y Romualdo se deshacen de las prendas. Las piernas de la muerte aprisionan el cuerpo de la vida. Los graznidos descienden de los árboles y ahí, frente a la tumba, entre la niebla, se agazapan cual testigos. Su sinfonía de mal agüero acompaña los gemidos que parecen horadar la tierra hasta alcanzar el infierno.   Romualdo suda, exhala el último suspiro y cae sobre el seno de Aurelia, quien oculta el rostro en la curva de su cuello. La  noche se atenúa, la oscuridad se mancha de amanecer y a lo lejos resuena el canto vago de los gallos. La niebla se dispersa. Los ojos de Aurelia se pintan de terror, de impaciencia. El amor se torna agresivo y Romualdo se tiende sobre la tumba bajo el cuerpo de Aurelia.

—¡El día, el día!
Anda Romualdo, dale a esta pobre ingrata,
ya por la muerte consumida,
tan sólo una gota de sangre
para alargar la vida.

            Por entre sus labios se asoma el pálido resplandor de dos largos incisivos, los cuales se hunden en el cuello de su amado. La sangre se le escurre por el pecho y es recolectada por la lengua desesperada de Aurelia.  Romualdo se arquea, siente el placer doloroso de la muerte, la condena de la vida fluir fuera del cuerpo para ser reemplazada por la paz absoluta del fin último.

—¡Oh, Aurelia, ángel del absoluto!
Llévame lejos de las cadenas del mundo.
Llévame  donde los muertos yacen,
llévame donde la vida nace.
A tu tumba, a mi tumba, pues
la libertad, la libertad,
es allá donde está la libertad.

—Pobre ingenuo, ¿no te das cuenta
que conmigo la muerte es tu condena?
Mi mordida te ha vuelto hijo de la noche,
somos esclavos del día.

            La niebla se dispersó. Los cuervos emprendieron el vuelo al escuchar el canto del gallo. Sobre la tumba de Aurelia quedó Romualdo, el nuevo condenado. 

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