7 sept 2010

Carta a la Poesía

A mi adorada y nunca menospreciada señora Poesía:



Sepa usted que a su lado he pasado momentos que en sí mismos son un deleite insuperable, pues ha tomado mi mano y, guíandome por las inolvidables verédas de la prosodia, me ha mostrado los cielos de esa desgracia tan repudiada por aquéllos que carecen de tan fermosa guía; sin embargo, mi dulce señora, es menéster que soltemos nuestras manos y quedemos asidas tan sólo por la punta de los dedos. Mis razones son producto del deber, de la necesidad de variación en este oficio tan bellamente mediocre, donde no hay más responsabilidad que saber tomar la pluma y regar la tinta en distintas direcciones. Así es que, no prolongando más la llegada de tan míseras noticias, me veo en la obligación de comunicarle que hoy mismo regreso a aquel que fuera mi primer regazo: los dulces brazos de la prosa. Sin más, agradecería a usted, dulcísima sobrera y alta señora, mantenerse a una cierta distancia (más nunca ausentándose del todo) de las líneas de aquella que me pariera y me entregase al arrullo de este triste oficio del escritor.

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