
Rosario vivía en un pueblo sembrado a la mitad del bosque. Tendría ella alrededor de dieciséis años cuando quedé a cargo de sus cuidados y de cumplir cualquiera de sus caprichos, pues Rosario, como toda mujer que se sabe hermosa, buscaba el cumplimiento inmediato de cada uno de sus deseos.Sin embargo, fuera de eso, era una joven a la cual podríamos denominar perfecta si tal término fuera posible de alcanzar.
Todos los días, a eso de las diez u once de la mañana, salía a sentarse bajo la sombra del mismo árbol con un lienzo y una paleta de colores para retratar el paisaje, tarea a la que dedicaba horas enteras. Una vez a fuera, no se le veía hasta la cena cuando, cubierta de manchas de pintura, llegaba a presumirme su obra.
Cierta mañana, mientras realizaba yo mis quehaceres domésticos, miré por la venta. Un hombre alto y bien parecido acompañaba a Rosario. Después me enteré que era hijo del alcalde. No obstante, a pesar de ello, algo en él me inquietaba: llevaba tatuado en el rostro la marca del hombre que se entrega plenamente a su instinto.
Los días pasaron. Aquellas visitas eran más frecuentes y prolongadas. Incluso hubo momentos en los que Rosario no aparecía hasta altas horas de la noche. Como todo cambio radical éste no trajo consigo nada bueno. Me veía obligada a cargar con una rebeldía insoportable. No lo pensé dos veces. Decidí retirarme por un tiempo y dejar a Rosario a cargo de sus propias manos.
Al final regresar resultó inevitable. Arrastrada por lazos de afecto, me vi de nuevo frente a la puerta. Al entrar sentí el ambiente sofocado en una nube de desgracia. El latido del mal presentimiento se adueñó de mi cuerpo hasta hacerme correr a la habitación de Rosario.
Abrí la puerta. En medio de las sábanas revueltas se encontraba Rosario aferrada a sus rodillas. El cuerpo desnudo presumía huellas de golpes; las mejillas, huellas de lágrimas derramadas. ¿Qué pasó? Por un momento no lo supe. Tuve miedo de pensarlo, pero al ver las manchas de sangre impregnadas en las sábanas...
Durante semanas no vi ni escuché nada capaz de hacerme creer que Rosario seguía viva, hasta que una noche, envuelta en un abrigo, salió de la casa sin decir una sola palabra.
Pasó un día. No tenía noticias de Rosario. Estaba preocupada. Me maldije por no haberla seguido, sin embargo, antes de lanzarme al abismo de mi desesperación, la puerta se abrió de golpe dejándome ver sus manos y ropas manchadas de sangre.
A la mañana siguiente comenzó a correr por el pueblo la noticia de la muerte del hijo del alcalde. Escuché que los pedazos de piel que alguna vez lo dotaron de hermosura le habían sido arrancados así como los genitales que encontraron en la boca de los perros que le hallaron la noche anterior. Una investigación era lo único que podíamos esperar, así es que cuando, guiados por la boca de los pueblerinos, llegaron los policías a preguntar por Rosario no hubo en mí indicio de sorpresa.
Los pasé a la casa. Les pedí de favor que tomaran asiento mientras iba a buscarla. Supongo que escucharon mi grito pues no pasaron ni diez segundos antes de tenerlos a mi lado contemplando por la ventana cómo de las ramas del árbol pendía ya sin vida el cuerpo de Rosario.
31 de agosto de 2009
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