11 dic 2010

¿Que si lo amo?


Those eyes, those large, those shining, those divine orbs. They became to me twin stars of Leda, and I to them devoutest of astrologers.

—“Ligeia”, Edgar Allan Poe

Sí, señores, lo amo. Lo amo y por amarlo lo maté. No hay en mí lugar para arrepentimientos, mi amor no los merece, quizá merezca castigos y fuertes azotes pero no merece, no necesita agua para limpiar esta sangre, estas manos manchadas con cada uno de los fluidos de su cuerpo.
Adelante, júzguenme y condénenme, pero antes de silenciarme bajo el filo de la guillotina déjenme hablar. Todos los muertos tenemos derecho a una última palabra, a comunicar una última historia.
Lo admito, no recuerdo cuándo lo vi por primera vez y ¿qué importa? Las fechas son lo primero que se olvida. Sin embargo, no puedo olvidarlo mientras hablaba con la mujer que lo tomaba del brazo ignorando por completo la mirada que, por pura casualidad, le había caído desde lo alto de un burdel.

Sí, verlo, conocerlo fue casualidad. En ese momento no hubo en mí latido ni rubor, sólo un pensamiento depositado sobre el anillo que adornaba el dedo de, quien creía, era su esposa. Fue hasta que el viento y el azar se fundieron cuando él volteo a mirarme, cuando vi sus ojos. Fue esto, únicamente esto lo que me llevo a enamorarme de él. No su cabello, no su físico. Fueron sus ojos. Quizá no lo entiendan. No espero que lo entiendan. No espero que alguien que permaneció ignorante de la existencia de ese par de ojos entienda la inmensidad de mi amor y lo desafortunado de su desenlace.
Yo estaba enamorada de él, de él y sus ojos, pero para él yo no existía, era una sombra extraviada en un mundo de oscuridad, un hielo perdido en el Ártico: inexistente. Esa es la palabra. Yo no era nada. Pero ella, su esposa, lo era todo: el aire, el sol, el universo al cual le entregaba sacrificios y le ofrendaba la vida a cambio de su presencia.
Señores, díganme, de encontrarse en mi situación ¿lo hubieran soportado, hubieran tolerado que un ser tan inferior sólo por mera fortuna se hiciera de los tesoros que tanto codician? No señores, a pesar de negar con sus cabezas ustedes, al igual que yo, no hubieran podido tolerarlo. Fue por eso que la maté, no había otra razón más que esa para atravesarla con el cuchillo aquella noche.
¡Ah! Si él lo supiera, si él hubiera tenido tiempo de enterarse de que todo era por él, de que todo lo que hacía era únicamente por mi amor por él quizá me hubiera querido. Pero no, la vida, señores, la vida es cruel cuando de amor se trata. Él se sumió en la oscuridad, en la espesa niebla de la tristeza. Prefirió el alcohol, los vicios, pero yo lo amaba, lo amaba y acepté el pago de una noche. No por pasión, no por lujuria, no por deseo, fue por amor y al menos en su embriaguez él iba a amarme, iba a amarme a mí, mujer vendida que no hacía nada más que velar por él y sus ojos, pero al estar cerca ni si quiera me tocó. Se sentó a llorar mencionando una y otra vez el nombre de su mujer.
En medio de su llanto alzó la mirada y vi sus ojos tan cerca, tan al alcance. Yo los amé, amé esos ojos llorosos, ese tormento encerrado en perlas negras. Lo amé a él por poseer tal tesoro. Lo amé como no he amado, por eso, por eso y no por otra razón lo maté. Lo amarré a la silla a la que se había sentado a llorar. Le arranqué la piel, bebí su sangre y cuando no quedo nada le arranqué los ojos. Esos ojos tan oscuros, tan mudos, tan discretos, se los arranqué, se los arrebató mi amor y es éste y no mis manos el que ahora saca de mi bolsa la evidencia.
Mírenlos. Miren estos ojos, ignoren los gusanos, déjense de gritos, arránquense esas bocas que se llenan de mierda y vomitan asco. Deténganse a observar, que estos han sido la jaula de mi cordura, los únicos destinatarios de mi amor.
Ahora, me preguntan que si lo amo y yo les respondo no, no lo amé, amé estos ojos y por eso lo maté. ¿Que cómo me declaro? Es obvio señores, no nos vengamos con hipocresías ni falsos argumentos: soy culpable. Pero antes de dictar mi condena escúchenme. Todos los muertos merecemos ser escuchados. Si han de matarme, adelanté mátenme, mátenme por asesina y no por amor, pero que en mis manos permanezcan estos ojos negros , verdugos de mi razón y prisión de mi locura.


13 de octubre de 2009

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