13 mar 2012

Reflexiones dentro del estómago de Facebook



Planas:
No debo de ser adicto a Facebook
No debo de ser adicto a Facebook
No debo de ser adicto a Facebook
No deb..¡oh, una notifiación!
—Grupo de Facebook—


Y ahí estaba yo, sentada con el iPod en mi respectiva banca de mi respectiva mesa de mi respectiva escuela, cuando todos mis compañeros se aglomeraron en torno a mí, me quitaron el iPod y me dijeron “Magda, tienes un problema”. Yo no sabía de lo que hablaban y preferí atender a mi última notificación. Entonces escuché la voz de Néstor que me decía “Ahora para hablar contigo tengo que conectarme a Facebook”. “Yo no tengo un problema con Facebook”, le contesté y Pato dijo “Claro que sí, tú tienes una adicción pero bien cabrona”. Yo no los escuché y, en lugar de eso, le contesté a Joey Jiménez, que había comentado mi estado. Hartos de mi falta de cooperación supongo, salieron del salón y, en cuanto todos pusieron un pie fuera, recibí una notificación nueva: Ingrid Bodet ha publicado en tu muro. Fui directo a mi muro y leíMagda, tienes un problema”. Luego recibí la notificación de que a Néstor Martínez le gustaba la publicación de Ingrid Bodet. Yo sólo comenté “Yo no tengo un problema” y, entonces, Wendy Miranda Menchaca comentó mi publicación en el muro “Claro que sí, tú tienes una adicción pero bien cabrona”.  El punto es que después vi el reloj y me di cuenta de que eran las tres y media. “¡Madres!” dije y agarré los artículos de Jean Baudrillard que tenía que leer  para dentro de media hora.
            Comencé con “Cultura y Simulacro” y, en la  referencia que hacía al cuento de Borges, encontré una cita interesante: “No es raro que las imitaciones lleguen a confundirse con el original”[1]. Por alguna razón caí en cuenta de que todos, o al menos todos los que tenemos Facebook, llevamos una doble existencia —y no me refiero precisamente a un Dr. Jekyll y Mr. Hyde—, pues, por un lado, somos el ser real (Magda, la estudiante de Casa Lamm que niega rotundamente tener un problema (porque no lo tengo)) y, por el otro, nuestra propia imitación, el ser simulado que creamos en Facebook a partir de llenar una serie de campos (intereses, estado civil,  música, película, libros, gente que te inspira, etc.), pero, ¿hasta qué punto somos uno y otro, o uno más que otro? En una situación normal, para la gente con la que convivo a diario, tendría que haber un equilibrio entre la Magda real y la Magda simulada, pero ¿qué hay de todas esas personas que no veo desde hace años, como, no sé, mis compañeros de la secundaria? Para todos ellos la Magda simulada pasa por la Magda real, quiero decir, si yo no conozco el territorio y me presentan el mapa, para mí el mapa será el territorio. Sin embargo, como yo no estaba en una situación normal y me la pasaba en Facebook más que en la realidad, llegué a la conclusión de que no era la imitación la que se confundía con el original, sino que era el original el que se confundía con la imitación, en efecto, “ya no existen la escena y el espejo. Hay, en cambio, una pantalla y una red (…) ya no vivimos como actores o dramaturgos, sino como una terminal de múltiples redes (tenemos) la capacidad de regularlo todo desde lejos incluyendo el trabajo en casa, el consumo, el juego y las relaciones sociales”[2] La idea me resultó aterradora y atractiva, digo, por un lado podía pasarme todo el día encerrada, tal vez en cama y con una bolsa de dulces a un lado, y no ir a la escuela y no mantener relaciones con nadie por cualquier vía que no fuera Facebook (bueno, tal vez Twitter) y en eso pensaba cuando me di cuenta de que eso no era algo que “podía pasar” si no que estaba pasando. Por un momento pensé en mis compañeros de la prepa que, ya en universidad, a veces los obligaban a tomar clases en línea, y, según sus malas lenguas,  era lo peor que podía pasarles, precisamente, por la falta de interacción directa con el profesor, pero eso no era lo peor, lo peor era que, conforme avanzaba el tiempo, tres o cuatro clases de cinco eran  en línea y sólo tenían una o dos presenciales, y he aquí la parte aterradora: lo virtual suplantando a lo real. Y es que es cierto, desde el punto de vista del Facebook, ¿cuántos malentendidos no se dan sólo por andar chismeando en el muro de otro?, ¿cuánta gente no se deprime por publicaciones o comentarios?, ¿cuántas parejas no terminan por conflictos que surgen a base de publicaciones facebookeras? La evidencia virtual parece tener un peso que no tiene la evidencia real. Fue entonces cuando comencé a preguntarme cuándo lo virtual se vuelve más real que lo real. He de confesar que no pude evitar pensar en Matrix y en que, en efecto,  “estamos lejos de la sala de estar y más cerca de la ciencia ficción”.  Y ahí seguía yo, a punto de desencadenar una serie de pensamientos pseudo profundos, cuando, en eso, entró una nueva notificación Hugo Alberto López-Godina acaba de comentar tu publicación en el muro “Te dije que eso de estar en Facebook desde que te levantas hasta que te duermes no es sano”, en eso entró la notificación de que a Inés Hernández García le  gustaba el comentario de Hugo Alberto López-Godina y yo comencé a considerar —considerar, no aceptar— la posibilidad de tener un problema, pues no por nada mi papá lo publicaba en Facebook —el lugar más público de los lugares públicos— y a mi mamá le gustaba.
            Volví  a pensar en Baudrillard y en eso de la imitación que se confunde con el original y mi conclusión de que  es el original el que se confunde con la imitación y en la anulación de lo real que esto último implica y en cómo esto afectaba la vida personal de la gente. Pensé en Elizabeth Salander, la casi protagonista de Los hombres que no amaban a las mujeres y dije “Ahí está todo”. Esta mujer se la pasaba durante días encerrada en su cuarto frente a una computadora, sus relaciones con la gente eran vía chat y, para ella, conocer a las personas era sinónimo de irrumpir en sus computadoras y descubrir todo lo posible. Era hacker, digo, también era su trabajo, pero, tan sencillo como que en el mundo muy pocos la conocían como Liz Salander, para todos era Avispa, el nickname que usaba en el mundo del internet.
            Pero bueno, regresando a Facebook, no pude evitar pensar en mi situación que, supongo, es la situación de los adictos (aclaro: NO soy un adicto, sólo trabajo sobre el supuesto). Llegué a la conclusión de que, sí, Facebook me había comido. Quiero decir, me la pasaba todo el día ahí, de las 8 de la mañana a las 4 de la madrugada, y vivía con el iPod pegado a una mano sólo para cumplir con ese cometido. Y, ya que todas mis relaciones eran básicamente facebookeras y hablaba con la gente más en el chat que en vivo y cada pensamiento era una publicación y desatendía a la gente real sólo para estar al pendiente de la gente virtual, llegué a la conclusión de que era un ser anulado por la virtualidad, esa simulación creada —ese doble— había terminado por ser más real que la Magda real, y era todavía más real conforme hacía las cosas que a mí me correspondían, como, no sé, hablar con Ingrid cuando Ingrid vive conmigo, decir qué estoy pensando, transmitir estados anímicos, no sé. Ya no es el sujeto al volante el que habla y piensa, si no el carro japonés el que dice cómo se siente, cuál es su estado y cómo se siente el mismo conductor. Lo virtual (más concretamente Facebook) se convierte en una sanguijuela que uno mismo se pega al cuello y deja que, libremente, absorba nuestra cualidad de seres reales. El tema central de la ciencia ficción se vuelve realidad: los objetos se humanizan, los humanos se objetizan, lo virtual se realiza y la realidad se anula.
            Después de todo eso me dije que no entraría a Facebook nunca más, pero entonces TecMilenio me invitó a un evento y Gabz Gama subió las fotos de su hijo y paso su estado civil de Soltera a Casada y Hannya Rebe me etiquetó en una foto y Dazet Inon Rais me mandó una solicitud de amistad.


[1] Jean Baudrillard. “Simulacro y cultura”. P.9
[2] Jean Baudrillard, “El éxtasis de la comunicación”. P. 188

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