I.
—Lunes 31 de enero de 2006. Hora de muerte: 13.28 hrs.
Una
vez que el doctor cerró el hecho de muerte, te llevaron en camilla hacia la
morgue, abrieron una de las puertas del contenedor, te colocaron sobre la
plancha y comenzaron a empujarte dentro.
—Espera, Fabián, acaban de llegar
por el cadáver.
—A buena hora — el enfermero torció
los ojos, arrastró la plancha de nuevo hacia el exterior y te cubrió el cuerpo
con una sábana.
Afuera los pasos caían uno tras otro
sobre el corredor. Su eco se filtró por la puerta mientras los murmullos iban
adquiriendo forma al acercarse.
—Llegó hace una semana — dijo —
después de un accidente automovilístico. Fuera de un par de rasguños no tuvo
lesiones graves: ni huesos rotos ni músculos desgarrados o hemorragias
internas.— los pies en la puerta —. Suponemos que fue el shock lo que provocó
el coma. Estuvimos tratando de contactarlo pero no obtuvimos respuesta — la voz
del médico se escurrió por los escalones hasta detenerse al borde de la plancha
para retirar las sábanas, el aire frío de la morgue te tocó el rostro —. ¿La
reconoce? — silencio — Muy bien. Para poder llevársela le pedirán un par de
firmas, una identificación y algún documento que corrobore su parentesco con el
difunto. Lamentamos su perdida.
De la plancha a la camilla y en la camilla
se cerró la bolsa de cadáveres. Cruzaste el hospital, y ya en el auto mortuorio,
partiste sobre ruedas al velorio.
El ataúd te esperaba acolchado y
rodeado de sirios; te recibió elegante y vestida de noche como si aún muerta
tuvieras que dar una buena impresión; se volvió el escenario que, una vez
cerrado, dejó tras de ti una lluvia de lágrimas y lamentos que te siguió hasta
la entrada del mausoleo.
—Descanse en paz — fueron las
palabras que se escabulleron por la rendija de las puertas cerradas.
II.
Despiertas sin despertar realmente.
Eres apenas consciente de que algo en ti se
reactiva, de que la sangre adormecida corre y aviva el pulso, la sinapsis, y con ésta las neuronas y el
cerebro que comienza a deletrear el pensamiento “Despierta”. Tus pulmones jalan el aire limitado de la
caja, se dilatan y, en un espasmo, abres los ojos.
Tus pupilas azules, perdidas entre
tanta oscuridad, van de un lado a otro de la córnea. Te entra pánico. ¿Dónde
estoy? Empujas la sombra lejos de tu cuerpo, te alzas sobre la tapa del
féretro: regresas al mundo —¿Dónde estoy?— y te bombardea un olor a muerto y
polvo.
Sondeas el terreno. En medio
del horror sólo captas el apellido común: Patiño. Entre tumbas genealógicas, el
mausoleo te da la bienvenida. Giras y tu padre, giras y la abuela, giras y el
hermano que murió apenas expulsado, y justo al lado, tu muerte tallada en la
madera del ataúd.
06 de junio de 1980—31 de enero de 2006
Pero
estoy aquí, yo estoy aquí, ¿cómo puedo estar muerta si yo me veo aquí? Será
que…imposible, yo siento que respiro, que veo, que palpo las cosas yo…sientes
el rugir del hambre y el ardor de una sed que ha sido alimentada durante un
tiempo que no recuerdas; sólo entonces, tienes fe en que estás irremediablemente
viva.
III.
Comienzas a producir saliva. Lengua
y garganta reciben el consuelo de una humedad que se evapora para dejar un
desierto aún más árido. Salivas de nuevo pero tu saliva ha llegado a un punto
muerto. Al sentir la resequedad en la boca, tu desesperación se alza hacia su
punto límite.
Bajas del ataúd, caminas. Agua.
Agua. Agua. En gotas, en charco o en lodo, a esas alturas todo es
aceptable. Buscas a tientas. Inspeccionas
el techo, el suelo, las esquinas; mueves los féretros. Debajo de la abuela
encuentras un charco con gusanos de podredumbre. Suspiras, qué es un mausoleo
sin rastros de humedad.
Acercas los labios muertos, sorbes.
La corriente del charco reaviva el paladar, la lengua, la garganta; desciende
por el esófago y arde en el estómago, que, a base de náusea, te exige comida.
Un primero vómito y no sabes
qué pasa, un segundo y caes en cuenta de que necesitas algo más que agua.
Vuelves a acercar la boca al charco, ya no bebes, dejas que los gusanos huelan
tu carne y te escalen por la barbilla hasta llegar a tus labios para que por entre ellos se adentren a tu lengua donde los sientes
retorcerse, contonearse en un movimiento baboso. Quieres vomitar pero el cuerpo
te grita Hambre. Muerdes, el culebrear de los gusanos se vuelve más inquieto: sus
cabezas golpean los labios cerrados, sientes el mordisco de sus dientes que
tratan de abrirse paso por las paredes de tu boca, uno o dos logran
escabullirse por entre tus labios pero el hambre los jala directo al estómago.
Con lágrimas de asco, sigues mordiendo, tragas. Crees que el infierno ha
terminado, sin embargo, aún escuchas el cuerpo gritándote “Come, Bebe”
Gritas, te jalas el cabello. Corres
de un lado a otro del mausoleo. Ni un charco ni una gota más. Dentro de los
ataúdes se acabaron los gusanos porque no hay gusanos que se alimenten de
polvo. Sigues buscando. Destapas y hurgas en las ropas de los cadáveres, en los
forros del féretro, en vano siempre en vano. ¡Basta! Moriré de hambre pero al
menos ya estoy en la tumba. Sueltas una
patada y contra el suelo se estrella el último féretro.
Dentro de él, un cuerpo sin
putrefacciones ni gusanos; un cuerpo que, con suerte, aún conservará sangre
—agua— fresca. Ni siquiera piensas en educación, ni siquiera piensas en
cubiertos: en un primer mundo fueron las garras y los dientes para saciar el
hambre.
IV.
Recorres el torso con la lengua
anticipando el sabor de la carne. Acercas los dientes, los entierras, muerdes,
y con toda la energía de tu sistema hambriento, arrancas. La piel gotea
coágulos de sangre y tú masticas con el sabor del cielo rebotando entre el
paladar y la lengua. Tragas. La calidez de la saciedad acaricia tu estómago
antes de que el hambre regrese con más fuerza. Una segunda mordida y no te das
cuenta de que en algún lado sangras. Sumerges la cabeza en el agujero abdominal
que has cavado a fuerza de mordidas, te das cuenta que, entre los huesos, la
carne de los órganos es más suave.
El estómago se te llena de
calambres, de dolor. Es el agua. No importa. El agua…el ardor en la garganta.
De nuevo, la sed. Diriges la aboca al cuello y muerdes y masticas y tragas
mientras ves que entre los coágulos se desliza un poco de sangre fresca. Bebes
hasta el límite de lo posible, no es suficiente. Abres el cuello en su
totalidad, también el pecho. Un mareo. No importa, en el corazón y las arterias
aún buscas vestigios de sangre, y bebes hasta que el cadáver queda seco y el
instinto saciado.
Otro mareo, el dolor del cuerpo se
vuelve insoportable pero lo olvidas
cuando, con la boca sorbiendo de las arterias, el hambre se vuelve gula. “Las
mejillas son siempre la parte más rica”, era lo que papá sostuvo hasta el día
de su muerte.
Te deslizas hacia el rostro. Los
dientes se preparan, sin embargo, al dar la mordida ya no pudiste aguantar el
dolor. Sangraste y de tu rostro la sangre cayó en coágulos sobre el rostro del
cadáver. Al verlo se te fue el aliento y la mirada se te llenó de espanto. Te
levantas, y sin dejar de mirar el cuerpo de ojos azules, te inspeccionas.
No tardaste en darte cuenta de que
tu mejilla sangraba y que tu estómago era un agujero cavado a fuerza de
mordisco. Ríes, después de todo, no estabas tan viva

De una torva manera, un autosabotaje llevado al límite... Mire que devorar nuestros pensamientos es parte de crecer; los cadáveres de otros, hasta llega a ser heroico; pero a nosotros mismos... es sencillamente (y genialmente) perverso...
ResponderEliminarG.