De negro, sobre el escritorio, crea a los ellos —o las ellas— que se crean su propia muerte; a las ellas —o los ellos— que puntean en el cuerpo la línea de la herida, el rostro de la bala, el mural de sesos esparcidos.
Sigue
las manecillas de las vocales y las consonantes hasta llegar al tic-tac del
minuto final.
“Es
hora”, dice, y sólo entonces, con tinta de existencia desgarra la vida en blanco
escribiendo los ahorcados, los atropellados, los decapitados y los fantasmas
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