14 oct 2012

Fantasmas




Fantasmas son los recuerdos que inesperadamente llegan
a nuestro presente y deciden habitarlo
—Oralia Sierra, Cruel.
I.

Las puertas crujen al contacto del viento; la oscuridad aprieta mi garganta en una ilusión de muerte. Abro los ojos. Estoy sola. Dentro de un armario que parece encogerse al más leve movimiento de mi sangre, estoy sola.
            Las voces se adhieren a la pared, las palabras se arrastran. Mis manos en los oídos se vuelven murallas que sucumben ante el primer murmullo de un tiempo que ya no existe.
Están ahí,
no…
lo sabes
No
            Escucho la  llave abrir la puerta de entrada —casi la veo girar—. Dedos torpes emprenden la búsqueda del interruptor: la luz se enciende. Un suspiro, caigo de espaldas sobre la cama; otro suspiro, el teléfono suena.
Esa noche…tomaste despreocupada el teléfono, tus ojos parecían querer huir de las cuencas cuando leyeron su nombre en la pantalla. M… era como si en lugar de sangre fuera el mismo corazón el que corría latiendo por tu cuerpo.
No contestes. Por favor,
¿Qué se siente contemplar el error que te llevo
 a encerrarte en un armario?
No contestes.

—¿Bueno?
—Te quiero

Una sonrisa que se arrastra hasta las orejas que ahora quieres arrancar. Quince minutos de una conversación sin sentido, y luego, como si los dedos fueran de plomo, colgar el teléfono.

“¿Te quiero, eh?”

Mi cuerpo reacciona ante las voces. La cabeza se sacudo de un lado a otro tratando de desprenderse de los oídos y las palabras: no puede.

¿Por qué no mejor cortarte las orejas?

Las paredes tiemblan al contacto del viento. Cierro los ojos y disfruto del silencio conseguido a fuerza de voces acalladas.

II.

La puerta del armario se entreabre dejando entrar de golpe el triste aroma de la sal. Caigo en la cama ahogada en los sollozos de un llanto constante

Te besó
Fue insoportable
¿Se fue?

“¿Por qué?”  Ellos…no necesitan oídos para hacerse escuchar

Ese día quisiste arrancarte los labios
Con él siempre era así:
cada beso parecía ser el último

“No entiendo”

Era necesario
¿Por qué?
Fue el detonador de todos tus errores.

Las sombras cambian. Toda oscuridad se pinta de árboles y aceras, de momentos perdidos en ratos de fugacidad. Y, arrastrada por los pies, impulsado por un reloj que ha perdido el sentido del tiempo, me vuelvo espía de mi propia intimidad.
Entro al café. Tomo asiento. Ves la sombra de tus pies en el suelo y cierras pos ojos pues te sabes acompañada por una imagen que prefieres evadir.

—¿Puedo tomar su orden?
—Sí — su voz—, a mí me traes un capuchino, ¿y a ti?
—Un americano, por favor.
—En seguida

El mesero da la vuelta. Sólo quedas tú en medio de ti y un amor que ya no tienes. Él tomará mi mano, la besará mientras sus ojos, fijos, te hacen rehuir su mirada: no quería escuchar lo que tenían que decir.

—Me puse a dibujar en la semana— ¡Abre los ojos! Cada uno de sus trazos eran un reflejo de mi sombra, los contemplaste con deleite: era la prueba de que pensaba en ti. Volteé a mirarlo, él ya me miraba. Una caricia se convirtió en beso. El café ya está aquí — Has estado en mi cabeza…

No
¿Qué?
No
¿Acaso no has podido silenciar
las palabras que no quieres escuchar?
No digas nada

—…tanto que he tenido que dibujarte para sacarte de mi mente

NolecreasNolecreasNolecreas

—Te quiero— ya lo hiciste
—Te quiero

El sol envejece al paso del segundero. Voy de un lado al otro del cuarto. “Diez para las siete. SI no llama es que llegará tarde”. Por décima vez acomodo mi cabello. Me pongo los zapatos. El teléfono suena.

—¿Dónde te veo?
—Donde siempre

Era la noche, siempre la noche cuando, tras el telón de un auto estacionado, las manos se deslizaban bajo la ropa trazando mapas de deseo sobre la piel. Debajo de una cremallera mi boca dibuja el rastro de un instinto. Mi pecho queda marcado por una lengua que baja hasta tu sexo. Ambos en un desierto de éxtasis hasta terminar al borde de una cama de motel boca con boca, sexo con sexo.

¡Basta!
Tus ojos…
Es de noche, siempre de noche.

III.

La oscuridad aprieta mi garganta en una ilusión de muerte; las sombras vuelven a recluirse en la soledad de un armario cerrado. Todas las palabras se disuelven en un mutismo que sólo espera el momento de hacerme sucumbir ante una oleada de voces que ya no existen.

Basta
Siguen ahí,
Ya no
lo sabes
No
¿Escuhas?
 No
¿Observas?
No. Pero seguramente estoy de nuevo en la cama.
¿Acaso no te cansas de llorar?
Tenía miedo
¿De qué?
De la certidumbre. Sabía que estaba a punto de perderlo.

“Teminé con S…”, fue lo primero que dijo, no albergaste esperanza, sabía que no lo había hecho por mí ni que se quedaría contigo. “Me siento solo. La extraño”. ¿Dolió? Se sentía solo a sabiendas desde que estaba ahí para él.
Me dejó en la puerta de mi casa. Rozó mis labios, fue algo tan frío que ni siquiera sabes si fue un beso. Subí a la cama y me envolví en las sábanas de mi llanto. Sí, comenzaba a cansarme de llorar. “No es adiós”, había dicho “es hasta luego”.

¿Lo cumplió?
Por supuesto. El adiós llegó después.
Llamó

—¿Quieres un café? ¿Un refresco?
—Te veo donde siempre — respondí. Tuve miedo, no era lo mejor y sin embargo lo hice.

Caminamos, fuimos al parque. Lo abrazaste, mi cuerpo se movió impulsado por la costumbre: besé su cuello, cuando intenté llegar a su boca, me detuvo.

—Vengo a ver cómo estás, no a revivir fantasmas.
—¿Fantasmas? Los dejaste en cada café, en cada calle…reviven cuando camino por ellos.

Fue cuando dijo adiós. No le importó. Decidió atenuar su culpa con disculpas inútiles…

Le diste la espalda
Olía a él
Aún lo haces

De la piel me arranqué su aroma a mordidas. De nada valía vivir una vida destrozada ni tratar de encontrar un trozo de plenitud en un mar de cenizas. Fue cuando abriste los ojos y te viste sola dentro de un armario que parece encogerse al más leve movimiento de tu sangre

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