Fantasmas son los recuerdos que inesperadamente
llegan
a nuestro presente y deciden habitarlo
—Oralia Sierra, Cruel.
I.
Las puertas crujen al
contacto del viento; la oscuridad aprieta mi garganta en una ilusión de muerte.
Abro los ojos. Estoy sola. Dentro de un armario que parece encogerse al más
leve movimiento de mi sangre, estoy sola.
Las voces se adhieren a la pared, las palabras se
arrastran. Mis manos en los oídos se vuelven murallas que sucumben ante el
primer murmullo de un tiempo que ya no existe.
Están
ahí,
no…
lo
sabes
No
Escucho la llave
abrir la puerta de entrada —casi la veo girar—. Dedos torpes emprenden la
búsqueda del interruptor: la luz se enciende. Un suspiro, caigo de espaldas
sobre la cama; otro suspiro, el teléfono suena.
Esa
noche…tomaste despreocupada el teléfono,
tus ojos parecían querer huir de las cuencas cuando leyeron su nombre en la
pantalla. M… era como si en lugar de
sangre fuera el mismo corazón el que corría latiendo por tu cuerpo.
No contestes. Por
favor,
¿Qué se siente
contemplar el error que te llevo
a encerrarte en un armario?
No
contestes.
—¿Bueno?
—Te
quiero
Una sonrisa que se arrastra
hasta las orejas que ahora quieres arrancar. Quince minutos
de una conversación sin sentido, y luego, como si los dedos fueran de plomo,
colgar el teléfono.
“¿Te quiero, eh?”
Mi cuerpo reacciona ante las voces. La
cabeza se sacudo de un lado a otro tratando de desprenderse de los oídos y las
palabras: no puede.
¿Por
qué no mejor cortarte las orejas?
Las paredes tiemblan al contacto del
viento. Cierro los ojos y disfruto del silencio conseguido a fuerza de voces
acalladas.
II.
La
puerta del armario se entreabre dejando entrar de golpe el triste aroma de la
sal. Caigo en la cama ahogada en los sollozos de un llanto constante
Te
besó
Fue
insoportable
¿Se
fue?
Sí
“¿Por
qué?” Ellos…no necesitan oídos para hacerse escuchar
Ese
día quisiste arrancarte los labios
Con
él siempre era así:
cada
beso parecía ser el último
“No entiendo”
Era
necesario
¿Por
qué?
Fue
el detonador de todos tus errores.
Las sombras cambian. Toda oscuridad se
pinta de árboles y aceras, de momentos perdidos en ratos de fugacidad. Y,
arrastrada por los pies, impulsado por un reloj que ha perdido el sentido del
tiempo, me vuelvo espía de mi propia intimidad.
Entro al café. Tomo asiento. Ves la sombra de tus pies en el suelo y
cierras pos ojos pues te sabes acompañada por una imagen que prefieres evadir.
—¿Puedo
tomar su orden?
—Sí
— su voz—, a mí me traes un capuchino, ¿y a ti?
—Un
americano, por favor.
—En
seguida
El mesero da la vuelta. Sólo quedas tú en medio de ti y un amor que
ya no tienes. Él tomará mi mano, la
besará mientras sus ojos, fijos, te
hacen rehuir su mirada: no quería escuchar lo que tenían que decir.
—Me
puse a dibujar en la semana— ¡Abre los
ojos! Cada uno de sus trazos eran un reflejo de mi sombra, los contemplaste con deleite: era la prueba de que pensaba en ti.
Volteé a mirarlo, él ya me miraba. Una
caricia se convirtió en beso. El café ya está aquí — Has estado en mi
cabeza…
No
¿Qué?
No
¿Acaso
no has podido silenciar
las
palabras que no quieres escuchar?
No
digas nada
—…tanto
que he tenido que dibujarte para sacarte de mi mente
NolecreasNolecreasNolecreas
—Te
quiero— ya lo hiciste
—Te
quiero
El
sol envejece al paso del segundero. Voy de un lado al otro del cuarto. “Diez
para las siete. SI no llama es que llegará tarde”. Por décima vez acomodo mi
cabello. Me pongo los zapatos. El teléfono suena.
—¿Dónde
te veo?
—Donde
siempre
Era la noche, siempre la noche cuando,
tras el telón de un auto estacionado, las manos se deslizaban bajo la ropa
trazando mapas de deseo sobre la piel. Debajo de una cremallera mi boca dibuja
el rastro de un instinto. Mi pecho queda marcado por una lengua que baja hasta
tu sexo. Ambos en un desierto de éxtasis hasta terminar al borde de una cama de
motel boca con boca, sexo con sexo.
¡Basta!
Tus
ojos…
Es
de noche, siempre de noche.
III.
La
oscuridad aprieta mi garganta en una ilusión de muerte; las sombras vuelven a
recluirse en la soledad de un armario cerrado. Todas las palabras se disuelven en un mutismo que sólo espera el
momento de hacerme sucumbir ante una oleada de voces que ya no existen.
Basta
Siguen
ahí,
Ya
no
lo
sabes
No
¿Escuhas?
No
¿Observas?
No.
Pero seguramente estoy de nuevo en la cama.
¿Acaso
no te cansas de llorar?
Tenía
miedo
¿De
qué?
De
la certidumbre. Sabía que estaba a punto de perderlo.
“Teminé
con S…”, fue lo primero que dijo, no
albergaste esperanza, sabía que no lo había hecho por mí ni que se quedaría contigo. “Me siento
solo. La extraño”. ¿Dolió? Se sentía
solo a sabiendas desde que estaba ahí para él.
Me
dejó en la puerta de mi casa. Rozó mis labios, fue algo tan frío que ni siquiera sabes si fue un beso. Subí a la cama
y me envolví en las sábanas de mi llanto. Sí, comenzaba a cansarme de llorar.
“No es adiós”, había dicho “es hasta luego”.
¿Lo
cumplió?
Por
supuesto. El adiós llegó después.
Llamó
—¿Quieres
un café? ¿Un refresco?
—Te
veo donde siempre — respondí. Tuve miedo, no era lo mejor y sin embargo lo
hice.
Caminamos,
fuimos al parque. Lo abrazaste, mi
cuerpo se movió impulsado por la costumbre: besé su cuello, cuando intenté
llegar a su boca, me detuvo.
—Vengo
a ver cómo estás, no a revivir fantasmas.
—¿Fantasmas?
Los dejaste en cada café, en cada calle…reviven cuando camino por ellos.
Fue
cuando dijo adiós. No le importó.
Decidió atenuar su culpa con disculpas inútiles…
Le
diste la espalda
Olía
a él
Aún
lo haces
De
la piel me arranqué su aroma a mordidas. De nada valía vivir una vida
destrozada ni tratar de encontrar un trozo de plenitud en un mar de cenizas. Fue cuando abriste los ojos y te viste sola
dentro de un armario que parece encogerse al más leve movimiento de tu sangre
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