17 jul 2013

En caso de México no corra, no grite, no empuje.

Para salir de México, lo único que se puede hacer es recorrerlo
—Fabrizio Mejía


Últimamente, México parece correr un maratón pro inseguridad: que si el narcotráfico, que si los ajustes de cuentas, que si el secuestro, que si la trata de blancas, que si todo siempre velado por instituciones creadas para proteger la seguridad de los ciudadanos, y es que, al parecer, la seguridad no es un negocio a no ser que resguardes lo ilegal. El país se ha vuelto un espacio en un perpetuo estado de alerta: Estado de México, Distrito Federal, frontera norte, frontera sur, las costas; en todos lados parece haber pequeños campamentos de criminalidad y abuso que se expanden hasta invadir ciudades enteras. Pero ¿a quién le importa? Habituados a la violencia, la enfrentamos con resignación: la pasividad parece ser la única manera de revelarse contra un sistema que, ante la primera chispa, no duda en dejar a los incendiarios flotando en el río.  Y en  el dado caso de que me encuentre falseando contextos actuales, no creo que lo haga Fabrizio Mejía, que, durante diez años, se dedicó a recorrer México para presentarnos Salida de Emergencia, una recopilación de treinta crónicas que conforman un catálogo de corrupciones a todo lo largo y ancho de México.
         La primera parte  titulada “El sur: los invisibles”  dirige al lector hacia los relegados, los indígenas, aquéllos que han sido olvidados y que, para el gobierno, representan apenas una comunidad estorbosa para obras lujosas que sólo buscan captar la mirada aprobatoria del mundo extranjero. Con una objetivad mezclada con un par de sarcasmos, Mejía Madrid deja entrever su colecta de información creada a partir de sucesos, viajes, entrevistas y pláticas casuales. Las crónicas dejan a un lado su estricta cronología para moverse en el terreno de una narración expositiva que gira en torno a hechos concretos que nos abren la puerta a algo más general y conocido: el sistema corrupto mexicano.
         En “El Centro” tenemos, por un lado, a los Fugitivos, que son los ricos, los pobres y los afectados por el crimen: todos tratando de huir de una realidad presente, pasada o probable; la crónica se escribe como descripción al adentrarse, no en el mundo de los hechos concretos, sino en el del acontecimiento cotidiano: su tiempo no es el de los días y las horas, sino el que ha quedado disuelto en la rutina. Por otro lado, también están los que fueron verdugos por un día pero vivirán cadena perpetua como víctimas, o en el mejor de los casos, los que resurgirán, después del bullying televisivo, como escudo de la bandera gay, o bien, en otro no tan mal caso, terminarán vendiendo la ceguera  o la diabetes de su madre al rating de TV Azteca con tal de cantar por un sueño y ser estrella fugaz de temporada. Con los Solitarios asesinos, la crónica se volverá más literaria y cronológica, al estilo de Truman Capote y su non-fiction novel: una ficcionalización de lo real 100% apegada a lo real; mientras que con la Trevi idealizará su entrada a la entrevista para que después la crónica se escriba al ritmo de la conversación, para terminar con una burla sutil y crítica a los freaks que aumentan la audiencia gracias a las incapacidades que, al fin y al cabo, parece hacerlos especiales.
         Los modernos habitan “En ninguna parte”; son las masas extasiadas de los raves, los piratas de Tepito que falsifican hasta la existencia, los directores y actores del cine porno mexicano, los paranoicos que acechan terroristas inexistentes en el aereopuerto internacional, y los burros, burritos y distribuidores de piedra o polvo; aquéllos que están sin estar visiblemente, los que se esconden tras nuestro mundo edificado sobre las apariencias. Para los animales del safari, Fabrizio escribe, con el cronómetro de los efectos del speed y ensimismado en el rush, la crónica de las doce horas de fiesta psicodélica con sus before y sus afters: mientras que, al adentrarse a la criminalidad, relatará la vida —breve—, el pleito y los funerales de las dos familias alpha de Tepito, así como también la vida rutinaria de los pequeños narcochangarros y de sus distribuidores que se fuman la mitad de la mercancía. Respetando fechas y tiempos, el autor presenta acontecimientos lineales en los que irrumpe, de vez en vez, su reflexión aterradora, aunque amena.
         “De aquí al cielo” está lleno de sonámbulos: los copilqueños  que buscan su liberación y exhibición sexual, los católicos que hacen filas para ver las canas del Papa, y los que siguen la receta de ahogar sus penas en una botella de tequila. Todas,  más que crónicas, dan la impresión de una narración reflexiva que giran en torno de la mocha y moralista identidad mexicana. Luego llegamos a la frontera norte, sede de desaparecidos, secuestradores y cadáveres. Aquí las crónicas  parecen escribirse durante el viaje, mientras Fabrizio, en medio de la noche, se sube a una camioneta para entrevistar, de improviso, al líder tepehuano Adelino Mendoza; o mientras se baja de  un taxi en el que mantuvo conversación con un dealer que le cuenta la historia y los conflictos de Estación Naranjo, un pueblo que sobrevive gracias al secuestro; o bien, cuando apenas pudo dar dos pasos en Ciudad Juárez antes de correr al cuarto de hotel para contar los minutos que faltaban para el vuelo de regreso. En el norte la crónica no parece seguir un orden cronológico perteneciente al pasado, sino escribirse en vivo y en directo, en el tiempo real del acontecimiento en curso; sin embargo, al llegar al cruce de la frontera, la crónica regresa a los atisbos literarios que presentó con los solitarios. Al modo de Marcel Proust, un asalto lleva a Mejía a recordar a los polleros y a los desesperados que buscan hacerse del sueño americano. Sigue a los Juanes desde sus inicios hasta su cumbre y a los inmigrantes desde su salida del aeropuerto hasta la entrada del desierto en donde emprenderán la búsqueda de su sueño o de la muerte o de vuelta al asaltante, destino de los que se quedan

Fabrizio Mejía Madrid nos da con su recopilación un paseo por ese México del cual todos huímos a gritos para no amanecer colgados de un puente o con la cabeza cercenada en un parabrisas; ese México que se encuentra en estado de alerta roja del cual, sin embargo, es imposible salir y que, por tanto, no podemos sino recorrerlo; ese México del cual la única salida posible es la de emergencia: escribirlo.

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