Para salir de
México, lo único que se puede hacer es recorrerlo
—Fabrizio
Mejía
Últimamente, México parece correr un
maratón pro inseguridad: que si el narcotráfico, que si los ajustes de cuentas,
que si el secuestro, que si la trata de blancas, que si todo siempre velado por
instituciones creadas para proteger la seguridad de los ciudadanos, y es que,
al parecer, la seguridad no es un negocio a no ser que resguardes lo ilegal. El
país se ha vuelto un espacio en un perpetuo estado de alerta: Estado de México,
Distrito Federal, frontera norte, frontera sur, las costas; en todos lados
parece haber pequeños campamentos de criminalidad y abuso que se expanden hasta
invadir ciudades enteras. Pero ¿a quién le importa? Habituados a la violencia,
la enfrentamos con resignación: la pasividad parece ser la única manera de
revelarse contra un sistema que, ante la primera chispa, no duda en dejar a los
incendiarios flotando en el río. Y
en el dado caso de que me encuentre
falseando contextos actuales, no creo que lo haga Fabrizio Mejía, que, durante
diez años, se dedicó a recorrer México para presentarnos Salida de Emergencia, una recopilación de treinta crónicas que
conforman un catálogo de corrupciones a todo lo largo y ancho de México.
La
primera parte titulada “El sur: los
invisibles” dirige al lector hacia los
relegados, los indígenas, aquéllos que han sido olvidados y que, para el
gobierno, representan apenas una comunidad estorbosa para obras lujosas que
sólo buscan captar la mirada aprobatoria del mundo extranjero. Con una
objetivad mezclada con un par de sarcasmos, Mejía Madrid deja entrever su
colecta de información creada a partir de sucesos, viajes, entrevistas y
pláticas casuales. Las crónicas dejan a un lado su estricta cronología para
moverse en el terreno de una narración expositiva que gira en torno a hechos
concretos que nos abren la puerta a algo más general y conocido: el sistema
corrupto mexicano.
En
“El Centro” tenemos, por un lado, a los Fugitivos, que son los ricos, los
pobres y los afectados por el crimen: todos tratando de huir de una realidad
presente, pasada o probable; la crónica se escribe como descripción al
adentrarse, no en el mundo de los hechos concretos, sino en el del
acontecimiento cotidiano: su tiempo no es el de los días y las horas, sino el
que ha quedado disuelto en la rutina. Por otro lado, también están los que
fueron verdugos por un día pero vivirán cadena perpetua como víctimas, o en el
mejor de los casos, los que resurgirán, después del bullying televisivo, como escudo de la bandera gay, o bien, en otro
no tan mal caso, terminarán vendiendo la ceguera o la diabetes de su madre al rating de TV
Azteca con tal de cantar por un sueño y ser estrella fugaz de temporada. Con
los Solitarios asesinos, la crónica se volverá más literaria y cronológica, al
estilo de Truman Capote y su non-fiction
novel: una ficcionalización de lo real 100% apegada a lo real; mientras que
con la Trevi idealizará su entrada a la entrevista para que después la crónica
se escriba al ritmo de la conversación, para terminar con una burla sutil y
crítica a los freaks que aumentan la audiencia gracias a las incapacidades que,
al fin y al cabo, parece hacerlos especiales.
Los
modernos habitan “En ninguna parte”; son las masas extasiadas de los raves, los piratas de Tepito que
falsifican hasta la existencia, los directores y actores del cine porno
mexicano, los paranoicos que acechan terroristas inexistentes en el aereopuerto
internacional, y los burros, burritos y distribuidores de piedra o polvo;
aquéllos que están sin estar visiblemente, los que se esconden tras nuestro
mundo edificado sobre las apariencias. Para los animales del safari, Fabrizio
escribe, con el cronómetro de los efectos del speed y ensimismado en el rush,
la crónica de las doce horas de fiesta psicodélica con sus before y sus afters: mientras
que, al adentrarse a la criminalidad, relatará la vida —breve—, el pleito y los
funerales de las dos familias alpha de Tepito, así como también la vida
rutinaria de los pequeños narcochangarros y de sus distribuidores que se fuman
la mitad de la mercancía. Respetando fechas y tiempos, el autor presenta
acontecimientos lineales en los que irrumpe, de vez en vez, su reflexión
aterradora, aunque amena.
“De
aquí al cielo” está lleno de sonámbulos: los copilqueños que buscan su liberación y exhibición sexual,
los católicos que hacen filas para ver las canas del Papa, y los que siguen la
receta de ahogar sus penas en una botella de tequila. Todas, más que crónicas, dan la impresión de una
narración reflexiva que giran en torno de la mocha y moralista identidad
mexicana. Luego llegamos a la frontera norte, sede de desaparecidos, secuestradores
y cadáveres. Aquí las crónicas parecen
escribirse durante el viaje, mientras Fabrizio, en medio de la noche, se sube a
una camioneta para entrevistar, de improviso, al líder tepehuano Adelino
Mendoza; o mientras se baja de un taxi
en el que mantuvo conversación con un dealer
que le cuenta la historia y los conflictos de Estación Naranjo, un pueblo que
sobrevive gracias al secuestro; o bien, cuando apenas pudo dar dos pasos en
Ciudad Juárez antes de correr al cuarto de hotel para contar los minutos que
faltaban para el vuelo de regreso. En el norte la crónica no parece seguir un
orden cronológico perteneciente al pasado, sino escribirse en vivo y en
directo, en el tiempo real del acontecimiento en curso; sin embargo, al llegar
al cruce de la frontera, la crónica regresa a los atisbos literarios que
presentó con los solitarios. Al modo de Marcel Proust, un asalto lleva a Mejía a
recordar a los polleros y a los desesperados que buscan hacerse del sueño
americano. Sigue a los Juanes desde sus inicios hasta su cumbre y a los
inmigrantes desde su salida del aeropuerto hasta la entrada del desierto en
donde emprenderán la búsqueda de su sueño o de la muerte o de vuelta al
asaltante, destino de los que se quedan
Fabrizio Mejía Madrid
nos da con su recopilación un paseo por ese México del cual todos huímos a
gritos para no amanecer colgados de un puente o con la cabeza cercenada en un
parabrisas; ese México que se encuentra en estado de alerta roja del cual, sin
embargo, es imposible salir y que, por tanto, no podemos sino recorrerlo; ese
México del cual la única salida posible es la de emergencia: escribirlo.

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