"Legend saids when you can't sleep at night
it's because you are awake in someone else's dream"
Cerró los ojos, y apenas la conciencia comenzó a
adormecerse, el tic-tac del reloj elevó su volumen por los cielos. Francisco
trató de ignorarlo, dio dos mil vueltas en la cama tratando de encontrar el
punto sordo, hasta que, al final, descubriendo sus intentos inútiles, prendió
la lámpara de noche, se levantó y le quitó las pilas al reloj. Por un momento,
el silencio fue absoluto, y Rojas, con una sonrisa de alivio, caminó de vuelta
a la cama; sin embargo, a medio camino, sus oídos escucharon el insistente
goteó del grifo. Él acudió al llamado: cerró las llaves ya de por sí bien
cerradas, y al ver que el ruido no paraba, cerró la llave de paso. Silencio…el
goteo. “No puede ser”, gritó Rojas, y
sin saber de dónde, sacó un globo rojo cuya boquilla atoró en el grifo. Al fin,
silencio, pensó mientras sus manos tomaban el pliegue de las sábanas. Se sentó
en la cama, metió una pierna y apenas la mitad de la otra cuando el viento se
soltó con toda su fuerza contra las ventanas. Francisco refunfuñó, terminó de
meterse en la cama y apretó una almohada sobre su cabeza. “¡No es posible, esto
parece de caricatura, un sueño con un negro, muy negro, sentido del humor!”.
Ante tal afirmación, el viento calló, el sol salió de su
descanso nocturno y el reloj sin baterías se puso en la función de despertador.
“Ya voy, ya voy”, dijo Francisco Rojas incorporándose y dando tres pasos dentro
del salón de clases.
—Buenos días, muchachos. Hoy hablaremos del sueño y sus
desvelos. Saquen sus almohadas, por favor.
Rojas, al compás de los ronquidos, trató de encontrar el
sueño golpeando su cabeza contra el pizarrón al tiempo que pasaba los canales
de infomercial en informecial sentado en el sofá con una taza de té. La almohada Morfeus le asegura ocho horas de
sueño conti… un sorbo de té He
sufrido de insomn… no, cambio Desde
que probé las píldoras Dulcesue… siguiente Y si llama ahora recibirá una por el precio de die…Francisco dio el
último sorbo a su té, respiró profundamente y se acurrucó entre los cojines en
medio de un bostezo. “Por fin”, pensó antes de que el médico le abriera los
ojos y los iluminará con la linterna.
—Como lo pensaba. Su retina amarillenta y sus pilas dilatadas,
junto con esta pluma que acabo de arrancar de su páncreas, son un indicio
indudable de Strigifonmofosis
—¿A qué se refiere, doctor?
—Usted se está convirtiendo en un búho
Francisco Rojas gritó sobresaltado a mitad de la clase.
—¿Está usted bien, profesor? — preguntó la directora, que
estaba en el umbral de la puerta.
—Sí, todo bien.
—¿Seguro? Creo que debería irse a casa. Luce cansado,
como si no hubiera dormido bien. Váyase, un suplente se encargará de su grupo.
Él asintió con la cabeza, tomó sus cosas y caminó por el
pasillo. Cuando llegó a su auto, vio a la directora en el asiento del piloto.
—Tome, se le cayó esta pluma del páncreas.
Rojas la tomó desconcertado. Subió al automóvil, y al
ajustar el retrovisor, se dio cuenta de que su cabeza de búho giraba ciento
ochenta grados. Se talló los ojos y miró al volante. Alucinación por insomnio,
pensó mientras cambiaba los canales de la televisión.
—Sí—decía al teléfono—, me gustaría encargar un frasco de
sus píldoras. ¿Que vienen con garantía? Excelente.
Francisco colgó el teléfono y sonó el timbre: “Entrega
inmediata para Francisco Rojas”, escuchó del otro lado de la puerta. La abrió y
en el suelo había un frasco y un sobre que decía Garantía. Ábrase sólo en caso de que el insomnio perdure.
—¿Qué te he dicho, Pancho, de las píldoras para dormir?
—Mama, hay países en los que una semana sin pegar el ojo
es considerada una emergencia.
—¡Te dormiré a golpes para que aprendas a escuchar a tu
madre!
—Vuelve a la tumba, mamá…
Así fue como, después de siete días, Francisco Rojas
volvió a ponerse la pijama, apagó la lámpara de noche y regresó a la cama.
Abrió el frasco de pastillas y, de una en una, las metió en su boca hasta dejar
el frasco vacío. Se recostó sobre la almohada y, cerrando los ojos, se dijo
“Buenas noches”.
Al minuto, cuando abrió los ojos que no había cerrado
nunca, Rojas se encontró en la cocina abriendo la garantía frente al enorme
globo rojo de agua que seguía llenándose en el grifo. Vació el sobre en la
palma de la mano, donde cayó un revólver.
—Ahora sí, Panchito—le susurro su mamá, que estaba en
cuchillas frente a él—, es hora de dormir.
Tiró del gatillo, el globo rojo explotó dejando sus
pedazos en el suelo, y sólo entonces, Francisco Rojas despertó con tanto sueño
que, por un momento, le pareció no haber dormido en días.
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