5 jun 2014

¡Esto es México, cabron@s!/Preludio

A duerme. Tiene los ojos abiertos, pero duerme profundamente y su sueño es imperturbable. O al menos, suele serlo.
            En el interior de su cabeza, siente los primeros sonidos: un siseo de cortocircuito y un murmullo de estática al fondo. Sale del ensueño. Por primera vez abre y cierra los párpados para despertar. Nuevamente, el cortocircuito y la estática; sacude la cabeza, el ruido no desaparece.
            A no puede volver a dormir, lo sabe porque su consciencia ha comenzado a desperezarse y llegan a su mente los primeros pensamientos: “¿Qué está pasando?” Considera la posibilidad de llamar al Servicio, pues estar despierto es, sin duda, una falla en el sistema. Pero, “¿y si lo retraso?” La curiosidad de la consciencia vence al deber del sueño.
            Deambula por la casa. Encuentra objetos que lo sorprenden, pues había olvidado su existencia. ¿Hace cuánto que no prende el televisor o la computadora?, ¿hace cuánto que los periódicos se acumulan en la caja del correo? Todas esas cosas fueron confiscadas y aniquiladas durante la Rebelión (¡cuánto tiempo hace de eso!); sin embargo, antes de que llegaran a esta zona, se había considerado estúpido continuar con la aniquilación porque ya todos dormían “y siguen durmiendo”, piensa A mientras, tratando de recordar, se sienta en el empolvado sillón en el que había dormido y toma el control de la TV.
            Coloca el pulgar sobre el botón rojo, tiembla: seguro es un crimen despertar y no reportarlo. Jamás había escuchado de un caso parecido al suyo, pues había dormido durante quién sabe cuánto tiempo, pero, seguramente, en un país cuyo orden se regía por el sueño, permanecer consciente era una alteración al orden, y por tanto, una violación a la ley.
            En un accidente voluntario, su pulgar ejerce presión sobre el botón rojo. El televisor se enciende. A sólo escucha la interferencia y ve las líneas multicolor; se entrega a la antigua tradición del zapping tratando de encontrar algo que rompa con la monotonía. Una pantalla negra aparece. El ruido en su cabeza se mezcla con la interferencia, hasta que un “Despierta…” surge de las bocinas de la televisión. A escucha “El secuestro ha aumentado en un mil por ciento en el último año y medio”, “disminuye de manera exorbitante el índice de mujeres y niños en la población”, “se inaugura el Cementerio de la violencia, donde yacen víctimas de homicidio y secuestro”.
            El ruido en la cabeza A comienza a volverse zumbido. Apaga la tele. Llega a sus espaldas un resplandor azulado. A voltea y ve la pantalla de la computadora encendida: “Vicepresidente, líder de banda de trata de blancas y tráfico de órganos. El gobierno lo ampara por falta de pruebas”, “Papa comercia con pornografía infantil; el Vaticano se reserva el veredicto”.  El zumbido se torna en dolor agudo. A camina a la cocina, se sienta ante el viejo comedor, donde yace un viejo diario que continua acechándolo con aquellas extrañas noticias: “el salario del Presidente asciende a un millón de pesos anuales; el salario mínimo aumenta dos pesos con cincuenta centavos”, “Marcha por la injusticia deja 500 muertos y más de mil heridos”. Las manos encuentran su camino hacia las sienes, las masajean con una extraña ira. A cierra los ojos.
            En su mente aparece un rastro de manchas rojas que le llevan a una muchedumbre vestida de luto. 15 de septiembre de 2…, Méx, D.F.— Se vislumbra atisbos de Rebelión. Por primera vez en la historia el grito de independencia fue un silencio de inconformidad. Los asistentes se dirigieron al llamado vestidos de negro y permanecieron en un mutismo sepulcral mientras los debidos honores eran pronunciados después del  toque de la campana. “¡Viva, México!”, ante el grito los asistentes izaron una bandera negra. Un eco se adueña de la mente de A “¡Es hora de despertar, hemos estado dormidos durante mucho tiempo!”. Bajo la dirección de A…, el gentío avanzó hacia  las  instalaciones del edificio, no hay pruebas reales de que quisieran apoderarse del inmueble por la fuerza; sin embargo, fueron remitidos por la policía. En estos momentos, el número de muertos y heridos resulta incalculable. El silencio se hace en el televisor, en la computadora y en los pensamientos de A; a lo lejos sonó una alarma:
¡Quiero sus manos en la pared, ahora, ahora! No se muevan, al primer respiro los matamos por pendejos. ¡Tú! Recoge las cosas: computadoras, televisiones, libros, periódicos, teléfonos; todo lo que incentive el desorden público se va a chingar a su madre. Querido pueblo, me place comunicarles que, por disposición oficial, mandaremos los frutos de su esfuerzo a la chingada y, por pinches gritones, hoy viene a llevárselos la verga del Servicio. Damita y Caballero, niño y niña, hoy les vengo obsequiando un sueñito de calidad, el sueñito de moda, sólo afloje su cabeza mientras le aplico esta inyección intercraneal para que pase el resto de su vida sin armar desmadre por pendejadas.
A se levanta, mira el sillón en el que había dormido durante quién sabe cuánto tiempo, ahora lo entiende todo, y más importante aún, lo recuerda todo. Se dirige a la puerta, la abre, a lo lejos, se escucha una sirena. A cruza el umbral de la puerta, luego la calle, llega a la puerta de la casa del frente, toca el picaporte, abre la puerta. A lo lejos, la sirena se escucha más fuerte. Merodea por la casa. En el sillón, un hombre, una mujer y sus dos hijos yacen dormidos (tienen los ojos abiertos, pero duermen profundamente). A se acerca a ellos y les da unos suaves golpes en las mejillas: “Ey…es hora de despertar, hemos estado dormidos durante mucho tiempo”. Ellos parpadean mientras un siseo de cortocircuito y un murmullo de estática llega a los oídos de A, quien sonríe. “Eso es…despierten”, dice mientras escucha el galope de la sirena de emergencia irrumpiendo en la casa.
Lo que sigue no es mucho, sólo lo de siempre: la invaisón del Servicio, un disparo, una persona caída, los hombres del Servicio reforzando “el sueñito de moda” con una inyección intercraneal. A cierra los párpados.

En el sillón, A duerme con un agujero en el pecho. Tiene los ojos abiertos, pero duerme profundamente y, esta vez,  por disposición oficial, el sueño será imperturbable.




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