A duerme. Tiene los ojos abiertos, pero
duerme profundamente y su sueño es imperturbable. O al menos, suele serlo.
En
el interior de su cabeza, siente los primeros sonidos: un siseo de cortocircuito
y un murmullo de estática al fondo. Sale del ensueño. Por primera vez abre y
cierra los párpados para despertar. Nuevamente, el cortocircuito y la estática;
sacude la cabeza, el ruido no desaparece.
A
no puede volver a dormir, lo sabe porque su consciencia ha comenzado a
desperezarse y llegan a su mente los primeros pensamientos: “¿Qué está
pasando?” Considera la posibilidad de llamar al Servicio, pues estar despierto
es, sin duda, una falla en el sistema. Pero, “¿y si lo retraso?” La curiosidad
de la consciencia vence al deber del sueño.
Deambula
por la casa. Encuentra objetos que lo sorprenden, pues había olvidado su
existencia. ¿Hace cuánto que no prende el televisor o la computadora?, ¿hace
cuánto que los periódicos se acumulan en la caja del correo? Todas esas cosas
fueron confiscadas y aniquiladas durante la Rebelión (¡cuánto tiempo hace de
eso!); sin embargo, antes de que llegaran a esta zona, se había considerado
estúpido continuar con la aniquilación porque ya todos dormían “y siguen durmiendo”,
piensa A mientras, tratando de recordar, se sienta en el empolvado sillón en el
que había dormido y toma el control de la TV.
Coloca
el pulgar sobre el botón rojo, tiembla: seguro es un crimen despertar y no
reportarlo. Jamás había escuchado de un caso parecido al suyo, pues había
dormido durante quién sabe cuánto tiempo, pero, seguramente, en un país cuyo
orden se regía por el sueño, permanecer consciente era una alteración al orden,
y por tanto, una violación a la ley.
En
un accidente voluntario, su pulgar ejerce presión sobre el botón rojo. El
televisor se enciende. A sólo escucha la interferencia y ve las líneas
multicolor; se entrega a la antigua tradición del zapping tratando de encontrar
algo que rompa con la monotonía. Una pantalla negra aparece. El ruido en su
cabeza se mezcla con la interferencia, hasta que un “Despierta…” surge de las
bocinas de la televisión. A escucha “El secuestro ha aumentado en un mil por
ciento en el último año y medio”, “disminuye de manera exorbitante el índice de
mujeres y niños en la población”, “se inaugura el Cementerio de la violencia,
donde yacen víctimas de homicidio y secuestro”.
El
ruido en la cabeza A comienza a volverse zumbido. Apaga la tele. Llega a sus
espaldas un resplandor azulado. A voltea y ve la pantalla de la computadora
encendida: “Vicepresidente, líder de banda de trata de blancas y tráfico de
órganos. El gobierno lo ampara por falta de pruebas”, “Papa comercia con
pornografía infantil; el Vaticano se reserva el veredicto”. El zumbido se torna en dolor agudo. A camina a
la cocina, se sienta ante el viejo comedor, donde yace un viejo diario que
continua acechándolo con aquellas extrañas noticias: “el salario del Presidente
asciende a un millón de pesos anuales; el salario mínimo aumenta dos pesos con
cincuenta centavos”, “Marcha por la injusticia deja 500 muertos y más de mil
heridos”. Las manos encuentran su camino hacia las sienes, las masajean con una
extraña ira. A cierra los ojos.
En
su mente aparece un rastro de manchas rojas que le llevan a una muchedumbre
vestida de luto. 15 de septiembre de 2…,
Méx, D.F.— Se vislumbra atisbos de Rebelión. Por primera vez en la historia el
grito de independencia fue un silencio de inconformidad. Los asistentes se
dirigieron al llamado vestidos de negro y permanecieron en un mutismo sepulcral
mientras los debidos honores eran pronunciados después del toque de la campana. “¡Viva, México!”, ante
el grito los asistentes izaron una bandera negra. Un eco se adueña de la
mente de A “¡Es hora de despertar, hemos estado dormidos durante mucho
tiempo!”. Bajo la dirección de A…, el gentío avanzó hacia las instalaciones del edificio, no hay pruebas
reales de que quisieran apoderarse del inmueble por la fuerza; sin embargo,
fueron remitidos por la policía. En estos momentos, el número de muertos y
heridos resulta incalculable. El silencio se hace en el televisor, en la computadora
y en los pensamientos de A; a lo lejos sonó una alarma:
¡Quiero
sus manos en la pared, ahora, ahora! No se muevan, al primer respiro los
matamos por pendejos. ¡Tú! Recoge las cosas: computadoras, televisiones,
libros, periódicos, teléfonos; todo lo que incentive el desorden público se va
a chingar a su madre. Querido pueblo, me place comunicarles que, por
disposición oficial, mandaremos los frutos de su esfuerzo a la chingada y, por
pinches gritones, hoy viene a llevárselos la verga del Servicio. Damita y
Caballero, niño y niña, hoy les vengo obsequiando un sueñito de calidad, el
sueñito de moda, sólo afloje su cabeza mientras le aplico esta inyección
intercraneal para que pase el resto de su vida sin armar desmadre por
pendejadas.
A se levanta, mira el
sillón en el que había dormido durante quién sabe cuánto tiempo, ahora lo
entiende todo, y más importante aún, lo recuerda todo. Se dirige a la puerta,
la abre, a lo lejos, se escucha una sirena. A cruza el umbral de la puerta,
luego la calle, llega a la puerta de la casa del frente, toca el picaporte,
abre la puerta. A lo lejos, la sirena se escucha más fuerte. Merodea por la
casa. En el sillón, un hombre, una mujer y sus dos hijos yacen dormidos (tienen
los ojos abiertos, pero duermen profundamente). A se acerca a ellos y les da
unos suaves golpes en las mejillas: “Ey…es hora de despertar, hemos estado
dormidos durante mucho tiempo”. Ellos parpadean mientras un siseo de
cortocircuito y un murmullo de estática llega a los oídos de A, quien sonríe. “Eso
es…despierten”, dice mientras escucha el galope de la sirena de emergencia irrumpiendo
en la casa.
Lo que sigue no es
mucho, sólo lo de siempre: la invaisón del Servicio, un disparo, una persona
caída, los hombres del Servicio reforzando “el sueñito de moda” con una
inyección intercraneal. A cierra los párpados.
En el sillón, A duerme
con un agujero en el pecho. Tiene los ojos abiertos, pero duerme profundamente
y, esta vez, por disposición oficial, el
sueño será imperturbable.
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