B se limpia la sangre de los nudillos, se inclina sobre el hombre
que yace en el suelo inconsciente, le hurga los bolsillos. “Nada, como siempre”,
piensa mientras recoge del suelo el cigarrillo (apenas una colilla) que aquel hombre llevaba entre los labios. Lo
enciende y se sienta sobre la acera.
—Pinche país de mierda—susurra—, pinches
rateros de mierda.
El cigarro se apaga. B se incorpora, acomoda
el arma en su bolsillo y camina observando el paisaje monótono de las casas de
tabique y los techos de lámina: cómo se extrañaban los viejos tiempos; sin
embargo, la gente parecía no extrañarlo. Así, viviendo sólo con lo necesario y
lo rudimentario, estaban bien; permanecían convencidos de ello porque antes, en
los viejos tiempos, aprendieron por las malas que aspirar a más era sinónimo de
peligro.
B continúa
caminando. En la esquina, unos niños brincan fuera de una de las casas de
tabiques con comida y agua bajo los brazos. No llevan puestas máscaras ni pasamontañas, en
estos tiempos ya no hacen falta: todos somos iguales. “Ya no es como antes”,
piensa B. Los viejos tiempos también se pintaban como los buenos. En ese entonces
aún existía gente que, con el fin de vivir honradamente, se la pasaba encerrada
en una oficina, una bodega, una fábrica partiéndose el lomo sólo para llegar a
casa, extender el cheque a la familia y dormir hasta que iniciara la siguiente
jornada. Uno se aprovechaba de esa ingenuidad. Ya fuera en la calle o en el
transporte público, se desenfundaba el arma: “dame todo lo que
traigas”, era el lema común, y ante el cañón, no había ninguna posible
negativa: todos soltaban parejo, y si alguien se resistía, bueno, uno tiraba
del gatillo y el cadáver ya no ponía resistencia.
Lamentablemente, con el tiempo, aquel tipo de
personas comenzó a extinguirse. “Lo entiendo”, piensa, “la frustración era
tanta”. B lo comprobó cuando, una noche cualquiera, se subió a un pecero, y en
medio del asalto, un hombre se levantó. B sólo escuchó el disparo, para,
después, sentir a la gente que, arremolinada a su alrededor, recogía sus pertenencias. Lo
último que vio fue el pie de aquel hombre pateando su cuerpo una y otra vez
mientras decía “todavía que mantengo a mi puto gobierno, ¿te tengo que mantener
a ti, cabrón?”
B escucha un disparo. Los niños han caído a
unos pasos de la casa que acaban de robar. Alrededor de ellos, se agolpan como
hormigas tres nuevos ladrones. B se esconde tras una pared, espera que los
recién llegados tomen las provisiones y emprendan su camino (huir es cosa del pasado).
Los ladrones se van, y en ese momento, B se acerca a los niños. Le hubiera
gustado llamar a una ambulancia, pero ellos están muertos y las ambulancias y
los hospitales ya no existen, dejaron de existir el día en que el mundo se declaró
en estado de autodestrucción. B sonríe, el último hospital que recuerda es
aquel en el que despertó después del coma.
Él realmente no supo cuánto tiempo pasó. Los
doctores dijeron que llevaba semanas, meses o años, la verdad no recordaba muy
bien. Lo que sí sabe es que abrió los ojos por miedo. Durante su periodo de
inconsciencia tuvo un sueño, una “visión casi bíblica”, recuerda B entre risas,
conformada por una paloma blanca que, ante el impacto de una bala, se convirtió
en ave rapaz. En el sueño, B buscaba la procedencia de la bala cuando el ave
llegó y enterró en él sus largas garras. En ese momento, despertó.
Ese fue el inicio de una nueva etapa que no
duraría mucho tiempo. B intentó reincorporarse a la sociedad, formar parte de
los trabajadores honrados. No obstante, la gente había cambiado. Tras algunos
asaltos, las personas sólo podían preguntarse ¿para qué?, ¿para qué atorarme en
la oficina, soportar los gritos de mi patrón, para qué esperar la quincena si me
la va a robar el municipio, los policías, el sistema y los pinches huevones que
sólo por tener una pistolita se sienten con el derecho de arrebatarte lo que
has conseguido con tu esfuerzo?
B sigue a los tres ladrones hasta una casa de
tabique desde la cual se escucha el llanto de un bebé. Inserta las balas en la
pistola, y silencioso, espera a que la puerta se cierre tras los criminales.
Respira hondo: aquello tenía algo de triste. En otras circunstancias, no
tendría por qué hacer aquello, pero, de un tiempo acá, la gente ya no creía en
el trabajo honrado ni en el valor de los productos del esfuerzo. Las personas
habían descubierto que aquello no servía para nada, que se podía sobrevivir con
lo necesario y lo rudimentario, y si eso llegaba a faltar, simplemente se
aplicaba la lección que se había aprendido durante años: ladrón que roba ladrón…
De una patada, B derrumba la puerta de la
casa de tabiques. Al fondo, los tres ladrones alzan la mirada. Dos de ellos,
los hombres, sueltan el taco de sal que se habían hecho con las provisiones
robadas a los niños muertos; tratan de alcanzar las armas para proteger al
tercer ladrón, una mujer que trata de huir con un bebé en brazos.
Muy tarde. Cuatro
disparos suenan en el paisaje monótono de casas de tabique y techos de lámina.
B camina entre la sangre y los cuerpos; toma las provisiones robadas y come sin
culpa, después de todo, vive tan honradamente como aquel mundo se lo permite.
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