Qué deleite
mirarte entre las rocas
adorarte entre violencias silenciosas y
represiones exhaustivas.
mirarte entre las rocas
adorarte entre violencias silenciosas y
represiones exhaustivas.
Qué delicia
inmutar aquellos instantes
oprimidos entre nuestras pupilas,
malabarear los graznidos del deseo para
aparentar el ingenuo canto de las golondrinas.
Qué gustoso
reencuentro entre calles adoquinadas de
intermitencias dolorosas y
oscuridades libidas.
Qué exquisita
la experiencia de tus dedos
hurgando mi inocencia,
de mi inocencia rotulando tus años:
"reposó aquí con Dolores,
inolvidable nínfula de los camellones,
oscura musa de palabras prematuras".
Qué dolorosas
las miradas de los puntos finales,
el aullido de la ilusión que, sepultada viva,
dejó mis sueños abortados
tras sus encanecidas manos.
Qué lastimosa mi muerte,
pero qué inevitable la vida:
maestro de sonetos amorosos, nuestros
años tomó escalar el silencio,
rescatar la palabra,
inundarnos de grácil
obediencia para amarrar el beso en un apretón de manos.
Mas qué ingenuidad la de tu cordura,
qué insensatez la de mi arrebato,
qué excitante el espacio flameante
entre cuerpos magnéticos
que ebullen hasta dejar las palabras bajo la almohada
y escribir el amor sobre las sábanas.
Qué placentero
montar tus montañas,
recibir tu lluvia entre mis prados,
arañar tus sequías
y derramarme en el vacío de tus labios.
Pero qué inoportuno el tiempo que hace
tocar retiradas, aunque qué trascendente
la sudorosa inscripción:
"Aquí jugó Dolores,
la primera y última
nínfula de sus lunares;
aquí galopó Humbert,
el primer y último
fánculo de sus renglones;
aquí entre ambos
--qué bueno y qué lástima--
la imposibilidad."
inmutar aquellos instantes
oprimidos entre nuestras pupilas,
malabarear los graznidos del deseo para
aparentar el ingenuo canto de las golondrinas.
Qué gustoso
reencuentro entre calles adoquinadas de
intermitencias dolorosas y
oscuridades libidas.
Qué exquisita
la experiencia de tus dedos
hurgando mi inocencia,
de mi inocencia rotulando tus años:
"reposó aquí con Dolores,
inolvidable nínfula de los camellones,
oscura musa de palabras prematuras".
Qué dolorosas
las miradas de los puntos finales,
el aullido de la ilusión que, sepultada viva,
dejó mis sueños abortados
tras sus encanecidas manos.
Qué lastimosa mi muerte,
pero qué inevitable la vida:
maestro de sonetos amorosos, nuestros
años tomó escalar el silencio,
rescatar la palabra,
inundarnos de grácil
obediencia para amarrar el beso en un apretón de manos.
Mas qué ingenuidad la de tu cordura,
qué insensatez la de mi arrebato,
qué excitante el espacio flameante
entre cuerpos magnéticos
que ebullen hasta dejar las palabras bajo la almohada
y escribir el amor sobre las sábanas.
Qué placentero
montar tus montañas,
recibir tu lluvia entre mis prados,
arañar tus sequías
y derramarme en el vacío de tus labios.
Pero qué inoportuno el tiempo que hace
tocar retiradas, aunque qué trascendente
la sudorosa inscripción:
"Aquí jugó Dolores,
la primera y última
nínfula de sus lunares;
aquí galopó Humbert,
el primer y último
fánculo de sus renglones;
aquí entre ambos
--qué bueno y qué lástima--
la imposibilidad."

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